Adviento, ver el desierto florecido

José Luis Corral SVD

El desierto como un papiro pardo arrugado y calcinado por el sol,
como una inmensidad voraz de sueños escurridizos y feroz de ecos abismales,
esconde un secreto luminoso, una belleza recóndita y una seducción inagotable.

El desierto como una densa vastedad inabarcable y un vacío desnudo enorme,
como un silencio atronador de murmullos intemporales e infinitos,
pronuncia un mensaje vivo, una esperanza terca y un gozo deleitable.

El desierto regazo en la intemperie, refugio en el desabrigo y estremecimiento en la soledad,
destella relumbrante en el silencio y retumba excitante en el encandilamiento,
agita un pañuelo de bienvenida estrenada y señala un inminente camino inédito.

El desierto como una horadada arenosa, pétrea hostilidad, ausencia desprovista;
como un paréntesis huraño sostenido y un suspenso pálido agotador,
ofrece desde sus entrañas un germen de vida palpitante y de mansa ternura susurrante.

El desierto nos vuelve a lo esencial y a lo indispensable, nos simplifica y nos abrevia,
nos extirpa de la distancia y nos adentra en la conjunción;
nos compenetra de arena, piedra, viento, estrellas y sol;
nos embebe con su secreto ardiente, con su mensaje rebosante y con su brote liberador.

Y el desierto florecerá… en nuestra tierra germinará un nuevo retoño…
el sol vencerá a las tinieblas, una Virgen dará a luz y el Verbo, en nuestro suelo, plantará su tienda,
…y seremos cómplices de un secreto que se fraguó y cruzó el desierto,
…y seremos oyentes de una palabra que nos fundó y sedujo en el desierto,
…y seremos huéspedes de un hogar que nos acobijó y nutrió en el desierto,
…y seremos peregrinos de un camino que se esbozó y se trajinó en el desierto,
…y seremos injertados a la Vida que estalló y brilló en el desierto.