Consagrados: el rostro de la misericordia

Vivir el Año de la Vida Consagrada y el Jubileo Extraordinario del Año de la Misericordia como Misioneros del Verbo Divino

Por Giancarlo Girardi *

1. Consagrados: El rostro de la misericordia

Estamos en el final del Año dedicado a la vida consagrada y ya el 8 de diciembre de 2015 el Papa Francisco abrió el Año Santo extraordinario de la Misericordia. El Padre General ha invitado a todos los cohermanos de nuestra congregación a pensar acerca de la misericordia. La bula de convocatoria del Jubileo de la misericordia se abre con una declaración concisa y clara: “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre” (MV 1).

Si Jesús es el rostro de la misericordia del Padre, ¿En qué sentido podemos serlo también nosotros los religiosos y los misioneros? Podemos serlo en la medida en que tomemos en serio la llamada radical a ser discípulos de Jesús, seguir sus pasos y dejar que él nos envíe al mundo.

Es entonces cuando nos damos cuenta de lo que Jesús dice en el Evangelio: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (Jn 20,21). Estas palabras de Jesús están precedidas por otra equiparación que es raíz y relevancia para nuestro tema: “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado. Permaneced en mi amor “(Jn 15,9). Sólo si estamos arraigados y cimentados en el amor que Jesús nos tiene, gracias a la docilidad al Espíritu de Jesús que ha sido derramado en nosotros (Rom 5,5), podemos observar que los que ven a Jesús, ven también a los que fueron enviados (Jn 12,45).

Pero tengamos cuidado: No se trata de las peculiaridades de nosotros los consagrados sino de las características de los discípulos y nosotros estamos llamados a compartirlas con cada hermano y hermana, independientemente de su edad, idioma, pueblo y nación, que ha recibido y tomado en serio la llamada bautismal.

En ese sentido, ¿Cómo nos afecta a nosotros particularmente como consagrados? Nos afecta específicamente como consagrados porque nuestra vocación es una llamada a llevar una vida radicalmente cristoforme, según sugería S. Juan Pablo II, en “Vita Consecrata Nº. 14.

Por eso podemos aplicar a nuestra forma de vida consagrada el Prólogo de la Bula de Convocatoria del Jubileo de la Misericordia y podemos aplicarlo (con mucha humildad, sin triunfalismo y sin presunciones autocelebrativas) más como una llamada que como una constatación: Como consagrados estamos llamados a manifestar el rostro de la misericordia para ayudar y sostener a todos los bautizados para que vivan esta vocación típica de cada auténtico discípulo del Señor Jesucristo.

Sin embargo, como religiosos no somos una realidad indiferenciada y uniforme o una especie de puré de verdura en el que ya no se puede distinguir ninguna particularidad u originalidad carismática. Sólo existimos como consagrados siendo miembros de instituciones específicas que encarnan los carismas particulares. Nosotros, los Misioneros del Verbo Divino somos miembros de una institución específica que tiene como finalidad la Misión ad gentes y una particularidad carismática en encarnar la existencia cristoforme a la cual todos estamos llamados, y a la realización de este servicio profético en la Iglesia. Estamos llamados a ser un rostro particular de la misericordia del Padre en nuestro propio tiempo y al mismo tiempo ser apoyo de la vida cristiana de todos nuestros hermanos y hermanas. Para usar el lenguaje del Papa Francisco, incluso cuando se habla de la misericordia estamos ante un poliedro, ante una realidad multifacética (EG 236). En vez de pensar en ser llamados a hacer las mismas cosas, tenemos que profundizar en nuestro propio carisma específico, para ver en cuál de las caras del poliedro estamos llamados a mostrar misericordia, para componer, junto con todo el cuerpo de la Iglesia de Cristo, el rostro de la misericordia para la humanidad de nuestro tiempo.

2. Un itinerario de misericordia

a) La experiencia de ser receptores de misericordia

La misericordia es un lenguaje o un idioma, y no podemos hablar ese idioma o utilizar ese lenguaje a no ser que lo hayamos escuchado durante mucho tiempo o lo hayamos aprendido. Antes de preocuparse por cómo ser misericordiosos debemos aprender a reconocer que nosotros mismos hemos sido y somos receptores de la misericordia.

Mirando a nuestro Fundador, podemos constatar que cuando se juzga su obra todos quedan asombrados de que se produzcan tantos resultados gracias al esfuerzo de un hombre muy leal, inflexible consigo mismo y con los demás, pero que siempre confiaba en Dios y en su misericordia.

Esta experiencia de la misericordia en Arnoldo es tan grande que estructura su vida y lo mantiene en la esperanza, se convierte en parte de la misma “regla y vida” que Arnoldo luego compartirá con sus cohermanos.

b) La conversión a dar misericordia

El segundo paso importante en la biografía de San Arnoldo está vinculado al hecho de que, en la experiencia de la misericordia recibida, también existe un incentivo más fuerte para “dar misericordia”.

En primer lugar, San Arnoldo era consciente de que no tenía un carácter fácil. Ante ciertas situaciones la forma en que actuaba era explotando, pero al meditar y experimentar lo misericordioso que era Dios con él inició un camino de verdadera conversión que lo llevó a ser capaz de esperar antes de tomar algunas decisiones importantes, a actuar con calma y amonestar con serenidad a los que lo habían hecho mal.

En segundo lugar, San Arnoldo siempre enseñó a sus cohermanos a ejercer la paciencia con las obras corporales y espirituales de misericordia. Estas obras de misericordia son de la espiritualidad cristiana tradicional, y hoy en día, en vez que el uso disminuya en nuestros días, se ha multiplicado: Basta pensar en las muchas obras de misericordia y exigencias ineludibles de hoy día, como el dar alojamiento a las personas desplazadas y los refugiados, el cuidado de los que sufren de diversas formas de problemas psicológicos, y la ayuda a la gente para asumir su responsabilidad y tomar decisiones.

c) La misericordia en nuestras comunidades

Un tercer punto de reflexión se relaciona con la importancia de aprender a vivir la misericordia en nuestras comunidades. Si Dios es misericordioso con nosotros, a su vez nosotros debemos vivir la misericordia con los que viven con nosotros las 24 horas del día.

La caridad fraterna del Fundador no era tampoco un circuito cerrado, es decir, no se trataba solamente de los cohermanos de la congregación, sino que se extendía mucho más allá. Creo poder afirmar que al leer algunas de las cartas de San Arnoldo se constata que su forma de hacer y de actuar son la carta magna de la misericordia en la fraternidad. Estas cartas nos recuerdan la centralidad de la compasión, el hecho de que siempre hay que pagar un costoso precio por parte de los que están llamados a ejercerla, pero parte de nuestra llamada es responder a la misericordia que hemos recibido, utilizándola a su vez con los demás. En esto está la perfección del Evangelio, “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36). Esto precisamente es lo más difícil del ascetismo y lo menos narcisista.

3. Conclusión

Estos tres pasajes propuestos son fundamentales para no hablar de la misericordia en abstracto y para entender lo que significa ser el rostro de la misericordia e incluso cómo estamos llamados a ser hoy día el rostro de misericordia. Se necesita haber experimentado la misericordia y recordar constantemente lo que significa: Dios ha tenido misericordia de nosotros.

Debemos aprender a “dar misericordia” a partir de situaciones concretas que Dios nos da la gracia de vivir cada día, dentro de nuestras comunidades, dentro de la Iglesia, y también y sobre todo en las periferias existenciales que nos recuerda constantemente el Papa Francisco.

Es necesario que aprendamos a estar dentro de situaciones que requieren la gratuidad de la misericordia, incluso cuando no podemos obtener ningún resultado. Sólo entonces podremos intuir algo del drama de Dios, que sigue amándonos obstinadamente incluso cuando no queremos saber nada de su amor.

Frente a un mundo que está cambiando rápidamente, para nosotros los Misioneros del Verbo Divino, las siete obras de misericordia deben ser el fundamento de nuestro ser y nuestro hacer, deben ser indicativos de un proceso que se lleva a cabo en todos los niveles: Personal, comunitario, pastoral y social.

.

* El P. Giancarlo Girardi svd, es provincial de la Provincia de ITA (Italia-Rumania-Moldavia). Anteriormente fue Procurador General de la Congregación del Verbo Divino. Sus servicios durante muchos años como Procurador General los realizó bajo los períodos de dos Superiores Generales: Enrique Barlage y Antonio Pernia. El Padre Giancarlo también realiza una reflexión diaria en Telepace-Trento llamada Gocce di spirito (gotas de espíritu), en la que reflexiona sobre el evangelio del día.

Fuente: Arnoldus Nota, enero-febrero 2016