El abrazo de Dios

YO ESTOY AQUÍ (4º Cuaresma C – Lucas 15,1-3.11-32 / Josué 4,19;5,10-12 / 2 Corintios 5,17-21)

Este domingo es el cuarto domingo de cuaresma, es el domingo de la alegría, alegría por la pascua que se acerca. En la edad media la cuaresma era un tiempo fuerte, la gente se la tomaba muy en serio: el ayuno era verdadero, igual la penitencia, no tan lejano en el tiempo muchas personas no escuchaban la radio y hacían una verdadera penitencia. Entonces había que hacer como un recreo, como un recreo en el ascetismo, en la penitencia. Y lo hacían precisamente este cuarto domingo, las parroquias que lo tienen utilizan los ornamentos color rosado, se atenúa el color violeta, el penitente y se pone el color rosa.

Y este domingo ancestralmente tocaba el evangelio del ciego de nacimiento, porque es el que ve la luz, ve la verdad. Nosotros, en la pascua, los que participen en la vigilia, van a buscar el agua y llevan su tradicional cirio o vela, para encenderlo desde el cirio pascual.

Este año la liturgia es del ciclo C, estamos con el evangelio de San Lucas, y nos toca ese pasaje maravilloso que se llama: el hijo pródigo, el hijo perdido o la parábola del padre bueno, de acuerdo al lugar que se la mire. Quisiera compartirle la reflexión brevísima de un libro que fue best seller, lo leímos mucho y si alguno lo quiere leer todavía lo puede encontrar en las librerías católicas: “El regreso del hijo pródigo”, un libro que escribió el padre Nouwen, una meditación sobre el cuadro de Rembrandt, que esta allá en Rusia, en San Petersburgo, sobre la vuelta del hijo pródigo. A mí, al padre Nouwen, a ustedes, nos pasa lo mismo: primero nos identificamos con la figura del hijo pródigo, porque todos somos pecadores y todos tenemos que volver al padre, todos tenemos que volver a Dios.

El padre Nouwen pasó varios años identificándose con la figura del hijo arrepentido, a quien le hubiera bastado unas nueces o un poquito de comida y sin embargo, el padre le da con sobreabundancia, le da todo, le da el manto, le da el mejor calzado, le hace la mejor fiesta y le pone el anillo en el dedo, es decir, le restituye toda la dignidad de hijo.

Pasaron los años y alguien le dijo a este sacerdote escritor, que ya falleció, ¡mirá! vos sos un poquito como el hijo mayor, que es lo que no queremos ser ninguno: creernos buenos, creernos perfectos, juzgar a los demás, yo no me equivoco, yo siempre estoy… ¿verdad que nos pasa un poco eso a todos, no? No nos gusta identificarnos con el hijo mayor, preferimos al hijo pródigo, sentirnos perdonados, arrepentidos y basta. El otro hijo nos cae a todos muy antipático.

Y pasaron muchos años en que el padre Nouwen decía: -me parece que soy el hijo mayor, soy el que hace todo bien, el que no se equivoca. Alguien después de mucho tiempo, claro, el era además sacerdote, le dijo tú no eres el hijo penitente, tú no eres el mayor, tú tienes que ser para nosotros el padre ¡que bonito! El final es un poco la clave sintética del libro “El regreso del hijo pródigo”, tienes que ser para nosotros el padre, tienes que ser el padre misericordioso, el que nos consuele, el que nos escuche, el que nos perdone, el que nos aliente, el que nos reciba, el que nos abrace.

Vivamos entonces este domingo, pasemos un poco por las tres figuras y vivamos esta pascua, que en realidad, es el abrazo de Dios que nos dice que hemos sido creado para la alegría, hemos sido hecho para el gozo, para encontrar a Dios, para vivir con él, para renacer, la pascua es en definitiva eso: revivir, recrearnos en la gracia del bautismo, que no lo podemos repetir, porque el bautismo lo hemos recibido una sola vez.

Participen de la vigilia de pascua, es la ceremonia más bonita de todo el año: bendecimos el fuego nuevo, el cirio lucernario, cuando entramos en el templo con el cirio pascual encendido y del cirio encendemos todas las velas y después en medio de esa ceremonia se bendice el agua nueva y el sacerdote nos va a rociar con el agua nueva en memoria de nuestro bautismo.

Les saludo a todos en esta bellísima provincia, en esta hermosa tierra, de gente tan cálida, tan sencilla, tan verdadera y tan humilde.

Juan Carlos Naviliat svd
Secretario de Misiones ARS