El amor es más fuerte que la muerte

Yo estoy aquí – (Domingo de Ramos)

Por José Luis Corral, SVD

Comenzamos la semana Santa, la semana mayor de los cristianos, el eje y centro de nuestra fe, la Pasión, muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Jesús viene a Jerusalén, entra a la ciudad santa, afronta la Pasión voluntariamente aceptada. Asume en fidelidad su misión hasta las últimas consecuencias. Viene a reunir a su pueblo como un pastor a su rebaño o como una gallina a sus polluelos bajo sus alas.

Entra no como un guerreo poderosos, una figura ostentosa, con fama y honor. No hay un comité que organice la llegada, no hay logística, ni cámaras, ni palcos, ni escenarios, ni discursos para su aparición. Entra manso y humilde en un burrito.

El pueblo sencillo y humilde sale a su encuentro, le da la acogida, agita y bate palmas, tiene la intuición que ahí está la salvación verdadera y la verdad de la salvación… en persona, y por eso vitorea, aplaude, aclama… Jesús es el Bendito que viene en Nombre del Señor. El que trae la paz y la reconciliación, la libertad integral la vida plena y nueva. Jesús, el Pobre de Nazaret, el profeta y maestro, el servidor y amigo, es reconocido como el Salvador del pueblo.

Jesús rodeado de sus magos y de un pueblo que crea espontáneamente un ambiente de simpleza y algarabía, de alegría y de triunfo que anticipa el triunfo de la vida sobre la muerte. El pueblo que yacía se levanta, el pueblo despierta de sus sombras de muerte, el Señor llega y pasa, trae la libertad de toda atadura y opresión. Es la fuerza que Dios ha suscitado por su entrañable misericordia y para que viviéramos como hijos y hermanos.

Acompañamos a Jesús en este Domingo de Ramos como lo acompañamos en la cena íntima de despedida de sus amigos, como cuando lo buscan con palos y espadas para condenarlo, como cuando camina con al cruz a cuestas sudando sangre despojado de todo, en el calvario y en la cruz maltratado y despreciado.

En la Cruz acogemos sus siete palabras, Jesús en la Cruz no se mira a sí mismo, mira a la madre, a los discípulos, a los que están crucificados junto a él. Son siete palabras y un grito desesperado donde está contenido el grito de todos los abandonados y abusados en sus derechos y dignidad, de la violencia y el sufrimiento de la humanidad, de la impotencia y de la indignación. No lo sostienen los clavos, lo sostiene el amor que se da y entrega hasta el final.

Renovemos en esta semana santa el compromiso de bajar a los crucificados de hoy de sus cruces, luchar para que no hayas más crucificadores, para lograr estructuras y mecanismos, para que la vida brille para todos.

Jesús es la semilla que se hunde en nuestra tierra y germina como vida nueva, porque el amor es más fuerte que la muerte.

Que la Pascua nos alcance y a traviese y que el Resucitado camine en medio nuestro para ser sus testigos en medio de todos los pueblos.