El amor, sello de la vida cristiana

YO ESTOY AQUÍ (5º Pascua C – Juan 13,31-35 / Hechos 14,21b-27 / Apocalipsis 21,1-5a)

Con este quinto domingo de Pascua nos acercamos a la conclusión del tiempo Pascual, la lectura de este Evangelio es tomada de la íntima y profundamente emotiva escena de la última cena, cuando Jesús ya había lavado los pies a sus discípulos y había orado intensamente por ellos. Es en esta escena, ya cerca su partida (su crucifixión y muerte), cuando él revela algunos de sus deseos más ardientes para ellos, su ‘voluntad y testamento’.

Ahora, a punto de celebrar la partida exaltada de Cristo (su ascensión) a ‘la derecha del Padre en el cielo’, leemos de nuevo sus instrucciones finales que surgen de sus más profundas preocupaciones, sentimientos y deseos, pero que son también una pieza esencial de su vida y enseñanza. Tan importante es esta instrucción para la vida y misión de su iglesia, que la llama “un mandamiento nuevo” que el mismo imparte: “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado”. No es simplemente “amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos”, porque no siempre nos amamos de verdad. Aún lo que frecuentemente consideramos amor, no es verdadero amor, sino egoísmo o interés personal.

¡Cuántas veces nos percibimos o nos tratamos a nosotros mismos pobremente, o hacemos decisiones que van en contra de nuestro verdadero bien! Jesucristo aquí llama a sus discípulos a verdaderamente amar ‘como hemos sido amados por el verdadero amor’.

Aquí, Jesús es el modelo del verdadero amor: “Y por este amor reconocerán todos que ustedes son mis discípulos, si se aman los unos a los otros”. Ningún logro, éxito, habilidad, mérito, pericia, o virtud es la marca distintiva.

Hace dos domingos leímos cómo Jesús le preguntó a Pedro, “¿Me amas?” Hoy el mandamiento de amar sinceramente, valientemente, profundamente, creativamente, activamente, es propuesto como la razón detrás de todo que la iglesia ha de ser y todo lo que la iglesia ha de hacer. Los cristianos hoy pueden ser tentados a pensar que esta ‘vía del amor’ es lo lógico o normal, y así darlo por sentado.

Debemos tomar conciencia de la radicalidad del amor, de cuán revolucionario, y cuán escaso es este mandamiento en el mundo. El amor manifestado en Jesucristo, es el regalo distintivo del cristiano a un mundo que necesita desesperadamente amor. La iglesia ha de ser la comunidad del amor y para el amor, la que modele el amor para el mundo, la familia a la cual el mundo se une para poder experimentar ese amor, la que llega a tantos en necesidad de una compasión activa, la que ayuda a recrear un mundo guiado y formado cada vez más por ese amor, el fruto de la gracia de Dios en Cristo.

El mandato de que nos amemos los unos a otros como Jesús nos ha amado, fue dado en el contexto de la intensidad de la última cena. Como últimas palabras, este mandato expresa sus anhelos más profundos, y, por tanto, el peso de su importancia.

De todas las posibles características, Jesús designa al amor como el verdadero espíritu que debe existir y florecer entre sus discípulos. El amor es el poder más radical, más revolucionario y transformador en el mundo. Es el sello de la vida de Jesús y de la misión de su Iglesia.

Dios ha sido glorificado porque se ha manifestado su plan de amor, darnos vida, así como la fuerza de Dios se manifestó en la Pascua de Jesús, se manifestará en nosotros. Cuando nos amamos, estamos expresando al mundo quien es nuestro Dios. Es el Dios de la resurrección la vida en plenitud y la comunión en el amor.

Graciela Porchneg
Parroquia San José, Crespo-Entre Ríos