Estar conectados no es equivalente a estar comunicados

LA VIDA EN LA RED O VIDA VIRTUAL

Por Mons. Jorge Lozano

Sentados frente a la pantalla de la computadora, se nos aparece un espacio que refleja modos nuevos de expresar la vida en continuado ininterrumpido. Nuevas palabras, para nuevos conceptos, para nuevas tecnologías, pero siempre el hombre en producción y evolución. Y si está el ser humano está la vida.

La vida en la red o la vida virtual nos presentan una personalidad multiforme y multiplural de ser la humanidad en Internet. Que si los mails, los I-phones, o los buscadores, o los blogs, todo soporte y tipo de mensajes sirven para aumentar la interconectividad. Pero, ¿de qué estamos hablando? Ni más ni menos que de personas que se encuentran en una nueva esquina, de un nuevo barrio que se llama Internet. Ese lugar virtual en el que las personas mostramos algo de lo que somos y pensamos en un marco que nos es ofrecido con determinadas coordenadas. Una medianía novedosa y sorprendente. Tan atractiva como desorientadora.

Frente a las nuevas tecnologías pareciera que los jóvenes deberían saberlo todo por el sólo hecho de ser jóvenes. Que su vinculación con lo nuevo es inmediata y siempre positiva. Hace poco, leía a una educadora, que decía que es verdad que tanto niños como jóvenes vencen los temores ante el uso de las nuevas tecnologías con más facilidad que los adultos, pero que ante el desafío de producir contenidos no sucedía lo mismo.

Un amigo, hace un tiempo, me comentó que cuando tomó la decisión de lanzarse al infinito de Internet, sintió que nunca volvería a ser el mismo. Que su ser se impresionó como quizás le sucedió a aquellos que vieron el fuego por primera vez, vieron rodar una piedra e inventaron la rueda, o cuando la imprenta llegó a este mundo para instalar un soporte universal para el conocimiento.

Internet es así: tiene la presencia de un tsunami transformador. Y siempre para adelante. No hay chances de volver. Y creo que estamos ante un tsunami constructor y propositivo. Entiendo que sucede algo similar con las redes sociales. Twitter, Facebook y tantas otras se alzan como una invitación casi irresistible a compartir información, datos personales, vínculos grupales, imágenes de lo que somos o lo que queremos mostrar de lo que somos.

La construcción de la faceta pública –perfil– de cada uno de nosotros en la red es una realidad de la virtualidad. Y, aunque muchos de los usuarios de las redes sociales se quedan en un umbral que va del fisgoneo al ombliguismo, y comparten un perfil público 100% cosmético, hay enormes espacios para construir mensajes verdaderos, desde personas o grupos que quieren darse a conocer tal como son, y a las que lo que más les importa es el contenido de sus mensajes.

Un papá de chicos adolescentes me contó en un mail, lo atento que tenía que estar al uso que le daban sus hijos a las redes sociales: “Por un lado a que los ‘amigos’ con quienes se comunica por estos medios, los conozca físicamente y que haya una correspondencia en los vínculos personales y por la red. El otro tema es el ‘desprestigio’ que adquirió el término ‘amigos’. A quienes aceptamos intercambiar información se los llama ‘amigos’ y uno puede tener 200, 500, hasta un millón, como Roberto Carlos. Hay que resignificar las palabras y valorar la amistad entre los pibes y también entre los grandes”.

Estar conectados no siempre equivale a estar comunicados. Algunos adolescentes se animan a contar su vida, a abrir el corazón solamente chateando, pero tienen pánico de hablar cara a cara con sus más íntimos. Vivimos en una sociedad hipercomunicada –conectada– y, sin embargo, con experiencias de profunda soledad.

La palabra “virtual” proviene de “virtud” que implica fuerza, bondad, integridad en el obrar. Que esta nueva vida virtual que se nos ofrece como humanidad sepamos vivirla en virtud y con alegría cristiana de valorar el producto de la inteligencia del hombre y que nuestra fe participe de nuestros encuentros en la red.

Dios quiere estar siempre cerca de sus hijos y amigos. Compartir nuestra vida cargada de alegrías y soledades. En el corazón de Dios siempre tenemos un “sitio” para encontrarnos con Él y los hermanos. Hagámosle también un “sitio” mayor en nuestra comunicación.

Columna de opinión de monseñor Jorge Lozano, obispo de Gualeguaychú y miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, publicada el 20 de noviembre de 2011. Fuente: AICA