Habrá resurrección cuando se respete la vida

Yo estoy aquí (Domingo de Pascua)

Por Miguel A. Armada SVD

El evangelio de este domingo de Resurrección es el de Juan 20,1-10. Comienza con el testimonio dado por María Magdalena cuando bien de madrugada va al sepulcro y descubre que había desaparecido el cuerpo de Jesús: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2). Es terrible para un ser humano la desaparición del cuerpo de quien amamos. Podemos tener presente los sufrimientos de los familiares de los 43 estudiantes desaparecidos en México, los de nuestro país y Continente.

Recordemos que María Magdalena, la madre de Jesús con su hermana María y el Discípulo amado fueron los únicos que estuvieron con Jesús en el peor momento de su vida: en su crucifixión (Jn 19,25-27). Ellos no se borraron ni negaron a Jesús, sino que lo acompañaron en su pasión, con todos los riesgos que corrían. Su guía y maestro había sido ejecutado: su amor por los más pequeños generó una amenaza y un peligro para los representantes del poder socio-político y religioso. ¿Por qué alguien que “pasó haciendo el bien junto con los que sufrían” tuvo semejante respuesta de violencia, injusticia e intolerancia al ser linchado en la cruz? Esto no fue mandado por Dios ni surgió por generación espontánea. La muerte y ejecución de Jesús fue programada y hubo responsables con nombres y apellidos.

María Magdalena permanece en el lugar de la muerte: la palabra “sepulcro” es mencionada seis veces en este pequeño texto. Ella busca una respuesta, no se queda callada, se comunica con Simón Pedro y el Discípulo amado. Ellos van al sepulcro y lo encuentran vacío, con las vendas y el sudario en el piso. Y mientras Simón Pedro entró y vio estos signos, sólo el Discípulo amado: “entró, vio y creyó” (Jn 20,9). Es el discípulo que ama a Jesús, cree en la fecundidad del amor, está en sintonía con su amor, lo reconoce vivo en sus frágiles signos (Jn 21,7).

En el sepulcro estaban algunos “signos” de la respuesta de Dios: ¡El Padre resucitó a Jesús el crucificado! No está en el sepulcro. Jesús resucitado se hará presente a María Magdalena y toda la Comunidad (Jn 20,11ss). El amor vence a la muerte, la impunidad, la injusticia y el odio no tienen la última palabra en la Vida. La Resurrección ha comenzado y no se va a detener mientras haya mujeres y hombres que amen y generen vida como Jesús. Decía el mártir Mons. Oscar Romero: “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”.

Esta Resurrección como Vida plena en Dios, no es sólo para después de la muerte, sino que ya podemos vivenciarla en nuestro presente: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la Vida (=resucitar) cuando amamos a nuestros hermanos” (1 Jn 3,14). Y quienes desean vivir la resurrección no son sólo los seres humanos, sino también toda la Creación: “la creación entera gime y sufre dolores de parto” (Rom 8,22). Habrá resurrección cuando se respeten los ciclos y ritmos de la Tierra, cuando la vida de todos los seres esté por encima del lucro y la adicción al dinero de las empresas responsables de la crisis ambiental.

Con la resurrección de Jesús ha comenzado “una nueva Creación” (el texto nos habla del primer día de la semana aludiendo al Génesis, al comienzo): hay signos de muerte pero también signos de vida-resurrección. Están quienes no ven ningún signo de vida, nada absolutamente bueno ni justo en nuestro país ni donde viven. Quizás no ven nada porque no creen en nada ni en nadie, salvo en su propia visión e intereses. Sin embargo, el amor entregado por los otros, el amor anónimo y gratuito, sin bombos ni platillos, no se ha detenido. Hay signos de resurrección porque hay mujeres y hombres como María Magdalena y el Discípulo amado que aman, creen en el amor de Jesús, testimonian el amor, se comprometen y arriesgan sus vidas por la causa de Jesús: la Vida plena para todos (Jn 10,10).

El evangelio de Juan en su primer final afirma: “Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre” (Jn 2,30-31).