Hechos y protagonistas: Enrique José Heer SVD

Mayólica en la iglesia parroquial de Diamante, recordando el paso de los Verbitas (1900-1994)

(1913-1980)

La SVD, como tantas otras Congregaciones, además de una institución religioso-jurídica, es un surtido tejido de personas concretas que viven y prestan servicios a la sociedad de acuerdo a su personalidad como respuesta a la realidad desafiante.

A treinta y cuatro años de su fallecimiento (1980-2014), ‘releo’ la vida de Enrique, tal como lo conocí personalmente, distinto del Enrique que imaginaba a raíz de los comentarios circulantes al interno de la SVD. Compartí con él la pastoral parroquial en Diamante, Entre Ríos, desde mayo de 1976 a julio de 1980 cuando, en la madrugada del 8 de julio lo encontré yerto, inerte, frío, recostándose en la cama.

Inserto algunos párrafos que alguien escribió con ocasión de su fallecimiento: “Encarnó su ministerio sagrado en la entrega desinteresada e incondicional a Cristo y su Iglesia. Maduró su sacerdocio en los colegios Guadalupe y El Salvador de Jujuy, y en las parroquias Cristo Rey de Córdoba y San Cipriano de Diamante.

En ésta, el alba lo sorprendía recorriendo las calles y barrios de la ciudad, dando así comienzo al programa diario: abarcar todos los sectores de la Comunidad. Nadie quedó excluido de su corazón. Si mostró predilección, ha sido por los niños, los enfermos y los pobres. Animado por la fe, supo jugarse por la verdad ,1a justicia y la caridad.

Me animo a pensar que las anécdotas, a la luz y a distancia del momento preciso de haber ocurrido, encierran polifacéticas muestras de la personalidad del protagonista. A ellas me remito:

– En horas de la tarde, mientras mateaba en la parroquia de Seguí, en reemplazo del párroco José Dieser, de improviso aparece Enrique. Era la primera vez que lo tenía a mano. Sin previo preámbulo, me espeta: “Mariano, ¡te felicito! Tenés destino a Diamante”. “¿Yo a Diamante?”, como queriendo decir, ¿contigo? Los comentarios me habían pintado un Enrique hosco, resentido, rebelde, ajeno a la vida interna de la SVD. A la semana siguiente, el Provincial me comunica oficialmente el traslado a Diamante. Con un dejo de recelo, arribo a la “Ciudad Blanca”. Me recibe como si ya hubiéramos sido conocidos. Al día siguiente me lleva al garaje. “Mariano, este es tuyo. Ocupate de las escuelas y de los jóvenes”, me dice. Era un Renault 4 “correcaminos” cero kilómetro. Sin palabras…

– En verano sabía pasar unas semanas en Córdoba, donde se sometía a un chequeo médico y se surtía de material escolar y deportivo. En marzo me lo entregaba para que lo distribuyera en las escuelas. ¿Se imaginan cómo me recibían, especialmente en las escuelas rurales? “¡Qué buenito es el P. Mariano!” ¿Y Enrique? Conviene que él crezca y yo desaparezca…

– A los reclutas que prestaban servicio militar en el cuartel de Diamante, del que Enrique era capellán, y que a causa de las distancias no podían viajar a sus familias en los días francos, les ofrecía suculento locro como para compensar la rutina diaria de la tropa en el regimiento.

– En diciembre, al concluir la temporada de la catequesis y comuniones, organizaba con los padres y catequistas una “comunión social” trasladando de 300-400 chicos al Colegio Stella Maris donde entre, juegos y entretenimientos, disfrutaban del paseo, el almuerzo y otras menudencias de rechupete.

– Cuando el italiano párroco de Las Cuevas anunciaba su visita a Diamante, en lugar del almuerzo habitual en el hotel ‘Mayer’, Enrique preparaba una tallarinada acorde al paladar del visitante que ponderaba elogiosamente la mano del consumado “cheff” en pastas.

– En sus diarias visitas al hospital y otros centros de atención pública, solía detenerse frente a un bolichín al que concurría un asiduo grupo de parroquianos que, entre copa va y copa viene, se trenzaban en un “envido y retruco”. Enrique, luego del saludo y de estudiar a los contrincantes, les espetaba a boca de jarro: “Desafío al más guapo a un mano a mano”. “Usted no puede mentir, Padre”. “No voy a mentir. Propongo jugar por un premio. El que me gane, se quedará con la iglesia Don Braulio”. El dueño aceptó el desafío y agregó, “Si Usted gana, se queda con el boliche”. Luego de una reñida paridad, cabeza a cabeza, Enrique lanza un “¡Truco!” “¡Quiero retruco!”, fue la respuesta. Con un seis de copas, Enrique redobla el “¡quiero valecuatro!” “¡Quiero!” Una explosión rompió el suspenso al caer las últimas cartas sobre la mesa… ¡Perdió el Cura! Luego de felicitar a su ocasional desafiante, Enrique amaga entregar unas llaves: “La iglesia es suya con las 4000 boletas a pagar. Buena suerte… Buenas tardes”. El domingo siguiente, a la hora de la misa, aparecía uno que otro parroquiano, calladito, como perdido, en algún rincón del templo, un ambiente completamente extraño para él.

– Dedicaba tiempos a la oración, meditación y lecturas. Rescato su desprendimiento y espontánea generosidad. Los billetes que llegaban a sus manos, ¡y sumaban!, se le escurrían por entre los dedos.

– Con motivo del fallecimiento de un familiar, me dijo en el almuerzo: “Prepárate. A las 16 te llevarán a tu casa para que llegues a tiempo. ¡Ochocientos kilómetros en un taxi!

Facetas del Enrique que conocí personalmente.

P. Mariano Zakowicz, svd

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