José Freinademetz, su programa como Superior Provincial

Nota introductoria
A pesar de las confusas o imprecisas relaciones jurídicas entre el Obispo y el Provincial, y haciendo abstracción de ellas, Freinademetz tenía una visión muy clara y bien definida de las obligaciones de su cargo. Inmediatamente después de su designación fijó por escrito sus pensamientos acerca de sus relaciones con los religiosos, de los cuales había llegado a ser el superior. Se trata del manuscrito de una conferencia que él pretendía dar a sus sacerdotes como primer saludo en su calidad de Provincial. ¿Dio esta conferencia? No se sabe. Pero no conviene olvidar este manuscrito programático si se quiere comprender a Freinademetz en su gestión de Provincial.

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Reverendos, queridos cohermanos:

Hoy, por primera vez, se me brinda la oportunidad, como representante de nuestra Societas Verbi Divini y como delegado de nuestro reverendísimo P. superior General, de dirigirles una palabra de aliento y entusiasmo y dar rienda suelta a los sentimientos que embargan mi corazón al asumir el cargo de Provincial.

Ante todo, lamento, todavía hoy, que nuestro buen P. Superior no haya estado más acertado en la elección del Superior para nuestra Provincia China. Él, pienso, se guió por le dicho de S. Pablo: Contemptibilia mundi elegit, et ea, quae non sunt – Dios eligió lo despreciable del mundo… y lo que no es nada (cf. 1Co 1, 27-29). Hablando  humanamente, la elección recayó sobre uno de quien tarde o temprano se dirá: hic homo coepit aedificare et non potuit consummare –             Éste comenzó a edificar y no pudo terminar (cf. Lc 14, 30). Y si ustedes ahora se dejaran guiar por meras consideraciones humanas, tendría derecho a decir: nolumus hinc regnare super nos – No queremos que éste reine sobre nosotros (cf. Lc 19, 14). Tengo muy poco que ofrecerles y cada uno de ustedes posee en exceso lo que yo pueda ofrecer. En otro lugar se dice: potens est autem Dominus, omnen gratiam abundare facere in bobis, ut possitis sustinere – Dios, por su parte, puede colmaros de dones, de modo que tengáis siempre y en todas las cosas lo suficiente (cf. 2Co 9, 8). Estoy completamente convencido que todos ustedes poseen virtudes en tal grado como para prescindir de toda consideración terrena y someterse a ciegas y con total disponibilidad a la providencia divina. Precisamente esta incondicional decisión y aceptación de la voluntad de Dios, abrirá generosamente los graneros de las gracias divinas.

Es normal en todos los gobiernos que, al comienzo de cada legislatura, se dé lectura al programa de gobierno. Para poder adquirir desde el principio claridad sobre nuestro derrotero, del cual yo creo ser el timonel, seré menester explicar nuestra Carta Magna, respondiendo a dos preguntas: 1) ¿qué les debo como Provincial? 2) ¿qué puedo exigirles en interés de mi cargo, a fin de que mi gestión sea de edificación y no de destrucción de esta nuestra Provincia china?

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¿Qué les debo como Provincial?

Hace años, para unos más para otros menos, cuando en Steyl ingresamos en la Congregación del Verbo Divino, concertamos, por así decir, un contrato bilateral: por un lado nosotros y por otro la Congregación. Se trataba de un do ut des. Frente a la Congregación asumimos obligaciones cuyo cumplimiento confirmamos con solemne juramento, con santo juramento nos encadenamos a la Congregación. La Congregación, a su vez, asumió obligaciones para con nosotros e igualmente se comprometió firmemente a mantenerlas. Estos compromisos mutuos no duraron los pocos años de nuestra formación; también ahora que hemos alcanzado la mayoría de edad y somos independientes, tenemos ante la Congregación, y la Congregación ante nosotros, importantes compromisos de cuyo cumplimiento y fidelidad cada una de las partes es rigurosamente responsable. Dado que ahora, por razón de mi cargo, soy, frente a ustedes, el representante de nuestro Superior General y Padre espiritual, esto es lo primero que les debo por el tiempo que dure mi gestión: soy completamente consciente y lo reconozco ahora solemnemente, la Congregación del Verbo Divino, y yo como su actual representante, tiene hacia cada uno de ustedes graves obligaciones de cuyo cumplimiento tendré que rendir estricta cuenta a ustedes mismos, a la Congregación, y ante todo, a Dios.

Soy totalmente consciente que cargo sobre mí un duro peso y una seria obligación; que, para mí, a partir de ahora y mucho más que antes, vale aquello de: non veni ministrari sed ministrare – no he venido a ser servido, sino a servir (cf. Mt 20,28); que el cargo de Superior no me da derecho a preferencias ni dispensa alguna. Me obligan en cambio, a mayor humildad y a esfuerzos y a cuidados siempre mayores a ejemplo de San Pablo – El que preside, hágalo con solicitud (cf. Rom 12, 8). No se trata de un consejo, son de una obligación ser siervo de los siervos de Dios, ya que deberé rendir cuentas de todos y cada uno, lo que no me mueve a pavonearme. Sería para mí un amargo engaño si, nombrado Superior, pensase no tener otra cosa que hacer que mandar enérgicamente y decidir a capricho. Conozco mi deber de velar por todos Uds. del mismo modo que por mí mismo, y más todavía. En la misma medida en que se han olvidado de si mismos renunciando a todo y confiándose totalmente a la Congregación, yo, que la represento, estoy obligado a preocuparme de todas sus necesidades. Es mi deber asistirlos como a mis hermanos espirituales en todo lo que concierne a su salud física y santificación espiritual y en todas sus necesidades materiales y espirituales.

Y ésta es la segunda cosa que les debo: les aseguro a todos mi amor total, toda mi confianza y toda mi protección, y aún en el caso de que se me presente quejas contra Uds., cada uno recibirá un trato fraterno. El dicho paulino: Ómnibus omnia factus – He tratado de adaptarme lo más posible a todos (cf. 1Co 9, 22), debe constituir, como mínimo, mi ideal a alcanzar y, con la gracia de Dios, tenderé hacia él con todas mis fuerzas. El párroco Hamon de París, fallecido en 1874, el día de la toma de posesión, así habló desde el púlpito a su grey: “En este santo lugar asumo hoy el compromiso de poner cuanto poseo a disposición de los pobres; quiero vivir y morir pobre; no deseo tener que hacer testamento alguno”. El piadoso párroco expresó estos nobles sentimientos en el desempeño de su cargo desde el corazón del más alto ideal del más perfecto Superior, el divino Corazón de Jesús que se entregó totalmente sobre el altar de la cruz como víctima y holocausto por la salvación de la humanidad perdida. También albergo, queridos hermanos, el propósito de desempeñar mi tarea según el espíritu de las palabras de San Pablo: ego autem libentissime impendam, et superimpendar ego ipse – gustosísimamente me gastaré y me desgastaré por vosotros (cf. 2Co 12, 15), para aligerar el peso de vuestra labor apostólica, ya de por si tan abrumadora, a fin de satisfacer según mis posibilidades todos vuestros justos deseos, ya sea en el campo espiritual como en el material; y, lo que es más importante para todos nosotros, hacer lo posible para que la meta de nuestra vida que nos propusimos al optar por la vocación sacerdotal, religiosa y misionera, sea también una realidad.

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¿Qué cosa les pido, queridos hermanos, en interés de mi gestión en el Provincialato?

En primer lugar y sobre todos oración, mucha oración. Cada Ángel Custodio es responsable de una sola alma inmortal; y yo, pobre mortal e incapaz de proveer correctamente a mi propia salvación, debo rendir cuantas de las almas de 40 sacerdotes y misioneros.

Me tiemblan alma y cuerpo cuando pienso en los textos de la Escritura que, semejante al terrorífico Mene Tekel Phares, escribe el dedo de Dios en la pared como amonestación a todo Superior: Iudicum sine misericordia iis, qui praesunt! – Un juicio inexorable espera a los grandes (cf. Sab 6, 5). ¡Dios mío, quién paga mi cuenta si me niegan las misericordias de Dios! No es de extrañar que los santos de todos los tiempos temieran ser Superior, lo evitaran como un escollo que fácilmente puede provocar un naufragio. No es de extrañar que aquellos santos que aceptaron por obligación el cargo de Superior viviesen en continua zozobra por su salvación… Exiguo conceditur misericordia; potentes autem potenter tormenta patientur – Al pequeño se le perdona por piedad, pero los grandes serán examinados con rigor (cf. Sab 6, 6)…. Por lo demás, es comprensible que Dios los persiga con tal terror a los Superiores que descuidan sus obligaciones; Dios lo debe a los súbditos. Con razón el timonel es responsable de la vida de todos los pasajeros del barco; el general de la victoria o de la derrota. Y es cierto que la mayoría de las comunidades que decayeron fue debido más a cefaleas que a ir por mal camino. Por tanto, queridos cohermanos, concédanme un lugarcito en sus corazones cada vez que tengan la gracia de ofrecer en el altar el gran sacrificio de reconciliación a Dios Trino. Pueden creerme que no dejo de hacer lo mismo por Uds. la felicidad o infelicidad, piedad o relajación de una Congregación depende más de los Superiores que de otros. Nadie ingresa con el propósito de ser malo, todos, sin duda, tienen buena intención y si se encuentran un superior que apoya y promueve sus buenas intenciones, resulta casi imposible lo llegar a la santidad. Si, por el contrario, el Superior carece de celo por las almas, de discernimiento de espíritu, de virtudes, de buen ejemplo, ¿cómo podrá hacer respetar las normas de la Congregación? El vehículo se para y oxida porque el conductor no cumple con su deber. Lo más preciado que Dios puede otorgar a una Congregación son buenos Superiores. Si la cabeza está sana, lo sienten también los otros miembros. Pero Dios quiere que le pidan estas gracias. ¡Ergo!

Ni en sueños se me ocurriría hacer propaganda por mi mísera persona. Sin embargo, debido a las circunstancias y por su bien espiritual, la segunda cosa que les pido, queridos cohermanos, es que quieran ver en su superior no l hombre sujeto a ignorancia, a innumerables miserias humanas y a la pecaminosidad, sino más bien véanlo como aquel que representa a Dios omnipotente. Dios puede y quiere suplir las deficiencias de quienes Él ha puesto en su lugar, y, a su vez, premiar a los súbditos que honran a Dios en su Superior como si la veneración que muestran hacia su Superior se dirigiese directamente a su Divinidad. Jamás, sin embargo, podrás agradar a Dios, si no respetas a aquel a quien Dios te ha dado como su representante. La historia antigua y actual, la religiosa y la profana, demuestra que Dios actúa siempre según estos principios. La estima hacia la autoridad es la piedra angular de toda comunidad. Como un general nunca podrá conseguir disciplina ni alcanzar la victoria en batalla sin subordinación, así también una Congregación se construye sobre arena y peligra desmoronarse y con ella la felicidad y la alegría de sus miembros si en el Superior se ve sólo al hombre y no al representante de Dios. La obediencia es la esencia de la vida religiosa, el fundamento de la comunidad, su vida, su fuerza, su felicidad, su paz y su riqueza. Si a vida comunitaria es un cuerpo, la obediencia es el alma que da al cuerpo vida, fuerza y salud. Si la vida comunitaria es un Estado, la obediencia es el ejército que da al Estado protección, seguridad y solidez. El respeto hacia la autoridad es el termómetro que mide nuestra ascensión y descenso en la vía espiritual. En la medida en que se renuncia a la propia voluntad, se puede valorizar cuán grande es nuestro amor a Dios. Por otra parte, la desobediencia precipitó a la humanidad en el pecado y el infierno. Solamente la obediencia de un Hombre Dios fue capaz de salvar al mundo. Por tanto, prestemos obediencia a nuestros superiores, una obediencia pronta y alegre, no por su saber e inteligente cordura. Sería ésta una obediencia demasiado humana que nada tiene que ver con la de un religioso. Prestemos obediencia no porque los superiores ocupen un puesto más elevado. Sería ésta la obediencia de un siervo que, en otro sentido, no sabe sino someterse. Obedezcamos no porque el superior tenga el poer de forzarte si tú  no obedeces espontáneamente sus órdenes. Sería ésta la obediencia de un esclavo que teme al castigo. No obedezcamos ni siquiera porque nos cae bien o nos conviene, ya que te ordena lo que te gusta. Obedece al superior única y exclusivamente porque él ocupa el puesto de aquel al que has ofrecido en sacrificio toda tu voluntad: ésta es la genuina obediencia religiosa. Quien elude esta obediencia, elude la gracia afirma el piadoso Tomás de Kempis. El axioma jurídico “Perinde cadaver” es, por el contrario, la más rica fuente, el más preciado don de la gracia de Dios que nunca falla.

Una cosa les aseguro, queridos cohermanos, y esto debe aligerarles y endulzarles el sacrificio de la obediencia que siempre es difícil para el ser humano: Aemulor vos Dei aemulatione, despondi enim vos uni viro verginem castam exhibere Christo – Mis celos por vosotros son celos a lo divino, ya que os he desposado con un solo marido, presentándoos a Cristo como si fuerais una virgen casta (cf. 2Co 11, 2). Mientras dure mi mandato no desearé otra ambición que vuestra santificación. Haec est enim voluntas Patris, sanctificatio vestra – ésta es la voluntad de Dios, que viváis como consagrados a Él (cf. 1Tes 4, 3). El recurso, no obstante, con que pretendo promover vuestra santificación será el amor y solamente el amor. Pero el amor no es menos grande cuando amonesta, reprocha o castiga que cuando, por el contrario, alaba y premia. Por lo tanto, queridos cohermanos, quiero que tengan esto presente cuando deba exigirles con mucha seriedad buena disciplina, orden, observancia de la Regla, y un progreso espiritual cada vez mayor, ya que estoy convencido de que sólo eso nos hará felices y contentos. Si yo dejara escurrir el agua por donde quiera, si yo permitiese que todo se me escurra entre los dedos, no tendría más amor y me mancharía con una grave falta contra la Congregación y contra cada uno de Uds. Es, por lo tanto, mi gran deber tener los ojos y los oídos bien abiertos y no ser un custodio ciego de la casa de Israel. Permítanme una palabra franca y sincera: he asumido el cargo de Provincial por amor a la Congregación y a Uds., pero no pretendo perder mi alma. Por esto deberé estar firmemente resuelto a no permitir nada que pueda pesar sobre mi conciencia. No puedo absolutamente por miedo, por miramientos humanos, por falsa compasión descuidar la salvación de los que me han sido confiados y suprimir eventuales abusos que se hubieran insinuado entre nosotros. Lo que más prefiero es ser indulgente, pues no serlo sería el sacrificio más grande para mí. Las tres personas más extraordinarias que guiaron a los hijos de Dios, Moisés, Pedro y Cristo fueron las personas más dulces, amables que hayan existido. Pero al mismo tiempo Jesús, la persona más dulce, hizo a Pedro muy duros reproches, con frecuencia reprendió a los Apóstoles  con dureza y no revocó las duras palabras que dirigió a los fariseos. La buena disciplina no puede dejarse al arbitrio de cada uno, no puedo malograr todo el cuerpo para agrandar un miembro. Dios gobierna el mundo con dos principios fundamentales: fortiter et suaviter. Ningún Superior podría hacerlo mejor y es mi deseo gobernar la nave hacia esa meta (ideal) a toda vela. Amor, siempre amor, pero sanctificatio nostra ante todo.

Finalmente, una tercera cosa les pido, queridos cohermanos: hago un llamado a vuestro amor a la Congregación, a la buena voluntad y al espíritu de sacrificio. Démonos todos la mano, colaboremos todos con espíritu de sinceridad, hagamos todos sacrificios generosos a fin de que la vida religiosa y comunitaria florezca. El general no sólo vence batallas ni alcanza victorias; su Estado Mayor e incluso el soldado raso son tan necesarios como él mismo. Él solo no es capaz de lo más mínimo. Si el barco se hunde, toda la tripulación debe presentarse en cubierta. No nos hagamos ilusiones: no todo marcha sobre rieles. Todos nosotros, ustedes y yo, tenemos buena intención; nos hemos consagrado a Dios y a la Congregación y al pie del altar ante el Dios escondido en la eucaristía prometimos: In simplicitatis cordis mei laetus obtuli universa – Con rectitud de corazón yo he hecho mis ofrendas (cf. 1Cor 29, 17). No retractemos nuestra consagración, sino renovémosla con generosidad y como sacerdotes cabales, verdaderos religiosos y eficaces misioneros sirvamos con alegría a la Iglesia y a la Congregación. Tampoco pretendamos lamentarnos sobre el “estado calamitoso”, al decir de algunos, en que se encontraría nuestra Provincia, ni buscar de quién es la culpa. Todo esto no resuelve nada. No debemos perder el ánimo ni desesperar. La desesperación es una grave enfermedad; es falta de fe. Todo puede mejorar otra vez y ciertamente que mejorará por la gracia de Dios y con nuestra sincera colaboración. Nuestra causa es demasiado importante. Se trata en verdad de nuestra felicidad en esa vida, de la gran tarea de nuestra humana existencia, de nuestra eternidad… y de la eternidad de innumerables personas que por nuestro intermedio deberán llegar a su salvación.

Queridos cohermanos, proclamemos con la Escritura: Vivit Dominus, et vivis Deus meus rex, quia ubicumque fuerit Deus meus, sive in vita, sive in norte, ibi erit et servus Tuus! Vive el Señor y vive mi Señor, el rey, que allí donde esté mi Señor, el rey, en vida o muerte, allí estará su siervo (cf. 2Sam 15, 21).

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Fuente: Circular ARS Nº 34, septiembre 2010.