La Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia

El 2 de febrero la Iglesia nos propone celebrar la Fiesta de la Presentación del Señor, oportunidad en que la Palabra de Dios nos revela a Jesucristo como “Luz de las Naciones”, luz que ilumina a todo hombre que se encuentra con Él y lo recibe con un corazón humilde y abierto.

En el Documento de Aparecida, los obispos señalan la Sagrada Escritura como uno de los lugares de encuentro con Jesucristo: “Los discípulos de Jesús anhelan nutrirse con el Pan de la Palabra: quieren acceder a la interpretación adecuada de los textos bíblicos, a emplearlos como mediación de diálogo con Jesucristo, y a que sean alma de la propia evangelización y del anuncio de Jesús a todos” (D.A.248).

En este mes, en el que el miércoles 17 comenzamos a transitar el tiempo cuaresmal, tiempo de conversión y oportunidad para “volver a Dios de todo corazón”, como nos propone el Profeta Joel (2,12) en la liturgia del Miércoles de Ceniza, tiempo de preparación para celebrar dignamente la Pascua de Jesús y de silencio para poder “escuchar la voz del Señor” (Sal.95,7), les invitamos a recorrer el camino que la “Palabra de Dios” ha transitado a los largo de a historia.

El Equipo Editorial Guadalupe nos propone hacer este “viaje” en cuatro etapas, guiados por la reflexión de la última Asamblea General del Sínodo de los Obispos sobre “La Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia”.

1ª Etapa. La voz de la Palabra: la Revelación.
La palabra divina eficaz, creadora y salvadora, está en el principio de la creación y de la redención: “En el principio… dijo Dios: `Haya luz´, y hubo luz” (Gn.1,1.3). “En el principio existía la Palabra… y la Palabra era Dios… Todo se hizo por Ella y sin ella no se hizo nada” (Jn.1,1-3). Un tiempo después esa “voz” del Señor y el eco de la respuesta humana toman cuerpo en la forma de la Palabra escrita. Las Sagradas Escrituras son el testimonio de la Palabra divina en forma escrita.

Por tanto, la Palabra de Dios precede y excede a la Biblia, si bien está “inspirada por Dios” y contiene la Palabra divina eficaz (cf.2Tim.3,16). Nuestra fe, entonces, no pone en el centro de su consideración un libro, sino la historia de la salvación y en ella, la persona de Jesucristo, Palabra de Dios hecha carne, historia.

2ª Etapa. El rostro de la Palabra: Jesucristo.
“El Verbo/Palabra se hizo carne” (Jn.1,14): La Palabra eterna y divina entra en el espacio y el tiempo asumiendo un rostro particular y una identidad humana concreta: Jesús de Nazaret.

También la Biblia es “carne”, “letra”, que se expresa en leguas particulares, en formas literarias e históricas, en concepciones ligadas a una cultura antigua. Por eso, al leer las Sagradas Escrituras necesitamos tener un cierto conocimiento de ese entramado particular del texto sagrado. De lo contrario, puede caerse en el fundamentalismo que ignora que la inspiración divina no ha borrado la identidad histórica y la personalidad propia de los autores humanos.

Y a la vez, la Palabra que se expresa en la Biblia es también Verbo eterno y divino y por eso exige otra comprensión, dada por el Espíritu Santo, que devela la dimensión trascendente de la Palabra divina, presente en las palabras humanas.

Precisamente porque en el centro de la Revelación cristiana está la Palabra divina con un rostro particular concreto, el fin último de la lectura de la Biblia no está en “una decisión ética o una gran idea, sino en el encuentro con un gran acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (“Deus caritas est” 1).

3ª Etapa. La casa de la Palabra: la Iglesia.
En el Nuevo Testamento, Jesucristo, la Palabra hecha carne, funda la Iglesia para que sea en el tiempo garante, animadora e intérprete de la Palabra. Esta “casa de la Palabra” se apoya sobre cuatro columnas: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (He.2,42).

La enseñanza de los apóstoles, la primera de las columnas, asume tres distintas modalidades: el kérygma o anuncio primario; la catequesis, o profundización en el misterio de Cristo; y la homilía, “conversación familiar”, en torno a la palabra anunciada.

La enseñanza dispone y provoca al encuentro íntegro con Cristo en el Sacramento: la fracción del pan, que es la segunda columna.

La tercera columna es la oración: cuando la Palabra hace brotar en el creyente una respuesta a Dios en forma de súplica, alabanza, conversación amorosa. Todas las Escrituras se ofrecen para la lectura orante en el Espíritu Santo (Lectio Divina).

La cuarta columna es el agape o koinonía: el hombre justo y fiel despliega frente a todos la Palabra escuchada como realidad viva y practicada. Por eso su vida se convida en la comunión fraterna.

4ª Etapa. Los caminos de la Palabra: la misión.
La voluntad de Dios es que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1Tim.2,4). Por eso, el cristiano tiene la misión de anunciar la Palabra de esperanza a un mundo marcado por la acción del misterio de iniquidad, con la inquebrantable confianza de la fe en la resurrección del Hijo de Dios.

Nuestra misión se traduce en un intento siempre renovado de entrar en diálogo con los hombres y mujeres de otras religiones que escuchan y practican fielmente las palabras inspiradas de sus libros sagrados. También estamos llamados a entrar en diálogo con cuantos no creen en Dios pero se esfuerzan por “respetar el derecho, amar la lealtad y proceder humildemente” (Mi.6,8).

Por otra parte, todos deberíamos conocer y estudiar la Biblia de la que se ha nutrido gran parte de la cultura universal permitiéndonos así reinventar fielmente nuestra identidad histórica, civil, humana y espiritual. Puesto que la Palabra de Dios “no está encadenada” (2Tim.2,9) a una cultura determinada sino que se ofrece a todas ellas, la misión de la Iglesia sigue siendo la inculturación: hacer que la Palabra de Dios penetre en la multiplicidad de las culturas y expresarlas según sus lenguajes.

La Lectio Divina

“Estoy convencido de que si se promueve con eficacia la práctica de la Lectio Divina, se producirá una nueva primavera espiritual en la Iglesia”, afirmó el Papa Benedicto XVI, y, además de llevarnos a un encuentro más íntimo con Jesucristo, nos ayudará a mantener el pulso de nuestra vida cristiana.

Pero, ¿qué es la “Lectio Divina”? Es un método –experimentado por la tradición de la Iglesia– para acercarse a la Palabra de Dios y penetrar mejor en su significado. Se dice de este método que es “como una escalera para subir desde la tierra al cielo”. Pero lo importante no es el método, sino conseguir hacer una “lectura creyente, orante y comunitaria”. Para hacer nuestra experiencia religiosa cristiana necesitamos escuchar y dejarnos alcanzar por la Palabra de Dios que nos habla a través de la Sagrada Escritura. Se trata de acercarse a Dios a través de su Palabra para dejar que Él nos muestre su voluntad.

¿En qué consiste este método? La Lectio Divina es un método sencillo que nos propone seguir distintos pasos. Los monjes distinguieron hasta ocho o diez pasos diferentes aunque hoy se han simplificado. Con todo, es necesario reservar tiempo para su práctica.

Antes de comenzar propiamente la lectura del texto sagrado, es importante invocar al Espíritu Santo que ha inspirado toda la Escritura y es el maestro interior que nos asiste a lo largo del camino.

Luego, les proponemos hacer la “Lectura de Dios” siguiendo estos cinco pasos:

1. Lectura (Lectio)
Se trata de leer y releer atenta y pausadamente el texto prestando mucha atención, aunque nos suene familiar, tratando de comprender lo que dice. Al leer la Palabra de Dios siempre se descubren cosas nuevas. Siempre hay palabras o frases que hacen un eco diferente. Siempre hay algo que llama nuestra atención y resuena con más fuerza.

2. Meditación (Meditatio)
Meditar significa reflexionar. Intentar responder a la pregunta ¿qué me dice a mí el texto? Se trata de rumiar la Palabra, de buscar lo que Dios puede estar diciéndonos en este momento de nuestras vidas, o cómo su Palabra ilumina nuestras inquietudes, preguntas,… en definitiva, de descubrir la voluntad de Dios. Procuramos entrar en diálogo con la Palabra y este diálogo nos interpela y nos confronta intensamente.

3. Oración (Oratio)
El diálogo desencadena en nosotros el momento de la oración, en el que expresamos a Dios lo que llevamos en nuestro corazón. Es decir, una vez intuido lo que Dios quiere de nosotros, podemos entrar en diálogo sincero con Aquél que nos escucha, que sabe lo deseamos y necesitamos. Se trata de hacer oración la voluntad de Dios, dándole gracias, pidiéndole ayuda o perdón, intercediendo por otros,… Dialogar con Él con confianza, abandonándonos en sus manos y abriendo nuestro corazón a su presencia viva.

4. Contemplación (Contemplatio)
La lectura, la meditación y la oración abren nuestro corazón para el “encuentro” y nos permiten dejarnos alcanzar por el misterio de Dios que se ofrece a la contemplación, en la comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. La contemplación es diálogo íntimo y sus frutos son la consolación espiritual, es decir, el gusto por las cosas de Dios; el discernimiento evangélico que es capacidad de percibir donde obra el Espíritu Santo y dónde, en cambio, actúa el espíritu del mal; y la deliberación que es la determinación por una elección evangélica concreta. Se trata de las elecciones fundamentales de nuestro camino creyente en el que nuestra alma es formada y con-formada por Cristo.

5. Acción (Actio)
Es el paso de la concreción de la acción o el obrar evangélico en nuestras vidas. La relación con Dios siempre nos lleva a la vida diaria: siempre habrá algo que transformar, algo que hacer por nosotros o por los demás para que la voluntad del Señor y su Reino se hagan presentes.

Luis Pizzutti SVD
Párroco de Oberá

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Fuente: Boletín Parroquial Nº 51, Parroquia “Cristo Rey” Oberá – Misiones