Los chicos de la calle en Angola

¿Cómo nace la problemática de los “Chicos de la calle” en Angola?

Luanda es una ciudad muy bonita, pero marcada por una violencia traumática de post-guerra. La guerra civil de más de treinta años dejó toda una secuela de traumas y heridas psicológicas por los eventos vividos. Muchas familias se disgregaron y los chicos perdieron contacto con sus seres queridos. La pobreza ha hecho escapar a otros, para mendigar o robar. Así, en la calle, viven sometidos a escenas cotidianas de violencia, soportando el autoritarismo del jefecito de la barra que golpea a todos. La calle los introduce también a la droga y a la bebida. Los abusos sexuales y los robos están al orden del día.

Es por eso que hace ya trece años, un misionero verbita argentino, el P. Horacio Caballero, abrió un Hogar para los chicos de la calle que deambulaban por las noches en Luanda. Este Hogar llegó a cobijar en tiempos de guerra a más de 700 niños. Hoy albergamos a 150 chicos en situación de riesgo que provienen de familias de refugiados, familias desmembradas o hogares con problemas de violencia familiar. Yo me agregué hace tres años para colaborar con la parte educativa como apoyo escolar.

El objetivo buscado por este Centro, es siempre reintegrar a estos chicos a sus familias de origen, pero mientras ubicamos a sus padres, nos ocupamos de la salud y escolaridad es estos niños. Las niñas son derivadas a un Hogar de las Hermanas donde se albergan 50 chicas. El restablecer los lazos familiares es lo más difícil. Frecuentemente ha habido rupturas familiares y los niños han sido acusados de brujería, que en el fondo es una forma de usarlos como “chivos expiatorios” de los conflictos familiares y del stress de post-guerra. Ahora, si hay una tía o un tío que logra mantener la cohesión familiar y el hogar permanece estable, el niño permanece. El chico que se dispersó por la guerra, rápidamente quiere volver con su familia y hay que ayudarlo para que lo logre. La tarea no parece fácil.

¿Cuál es el método de trabajo en el Hogar San Arnoldo Janssen?

El método comienza en la calle misma. Hacemos visitas nocturnas a ciertos lugares donde ellos suelen congregarse, les llevamos un plato caliente de comida y allí se da una conversación sobre lo que están viviendo. Con mucho tacto, les vamos preguntando sobre su vida en la calle hasta que comienzan a abrirse y darnos confianza. En general, al ratito nos rehuyen y el diálogo continúa otra noche, pero una vez que ellos se abren y muestran sus sentimientos, tratamos de hacerlos tomar conciencia de que esa no es la vida que ellos se merecen y que Jesús quiere otra cosa para ellos. Si el niño responde, se comienza a gestar en él un nuevo sueño al ver que hay gente que los aprecia y quiere ayudarlos. Igual, siempre se da que no los convencemos de buenas a primeras.

Entonces hay que seguir en la calle haciendo camino con ellos desde su realidad. Una vez que la cosa está madura, los invitamos a venir a vivir en el Hogar, pero con la condición de aceptar ciertas normas de convivencia común y de respectar el compromiso asumido: no saltar el muro, no drogarse dentro del Hogar, respetar a los colaboradores y a los otros chicos etc. Son ellos mismos los que tienen que llegar y entrar al Hogar. Nosotros no los vamos a buscar. Esto es pedagógico, para que ellos hagan el esfuerzo de venir y no traten de escapar al segundo día. Entonces lo primero que hacemos cuando un chico entra al Hogar, es ocuparnos de su salud. Lo lavamos y lo desparasitamos porque hay muchas enfermedades de la piel, forúnculos, parásitos además de anemias, infecciones urinarias y paludismo. O sea que hay mucho que curar primero. Luego viene la nutrición, la ropa limpia y ayudarle a recuperar ciertos hábitos de limpieza y de higiene. Al principio son frecuentes los conflictos con los otros chicos así que hay que mediar entre ellos con mucha paciencia, hasta que se van sintiendo protegidos y aceptados por el grupo. Cuando se sienten más seguros, comenzamos a preguntarles con mucho tacto sobre sus familias o sobre las razones que los llevaron a escaparse a la calle. Generalmente, al principio nos mienten porque no quieren exponerse e inventan una novela como de película, pero completamente falsa. Con el tiempo y con mucha paciencia, el niño comienza a contar la verdad. Los trabajadores sociales comienzan entonces a ubicar a la familia y a visitarlos, intentando ver cuál fue el conflicto disgregador. Cuando la familia lo encuentra sano, estudiando en una escuela y con hábitos de respeto y limpieza, generalmente aceptan recuperar al niño.

En el Hogar, les damos mucha actividad de apoyo escolar, catequesis, deporte y trabajos prácticos como jardinería, huerta y el cuidado de los animalitos que tenemos allí. Aunque parezca mentira, poco a poco se va dando un cambio interior en el chico, porque comprende que con las normas de convivencia no se puede jugar. Es verdad que siempre hay casos más graves, con adicciones más duras de cambiar, pero allí están los trabajadores sociales que nos ayudan a resolver conflictos y problemas personales. Con nosotros trabajan 33 laicos, cinco en la parte de Formación profesional para enseñarles a los más grandes algún oficio, cinco educadores para el apoyo pedagógico, cinco trabajadores sociales y el resto personal administrativo, de cocina y celadores de noche para evitar cualquier problema.

Si hacemos un balance rápido, me da la impresión de que el trabajo realizado en el Hogar ha sido enorme. Sin exagerar, se deben haber restituido a sus familias más de 2.000 niños y niñas. Otro fenómeno interesante es que a menudo, nuestros chicos tienen las notas más altas en la escuela. Yo mismo, descubrí a varios pequeños genios entre los niños de nuestro Hogar. Esas inteligencias, bien aprovechadas, podrían ser tremendamente útiles a la sociedad. Personalmente, este trabajo me cambió la cabeza y me metió en ambientes diferentes a los que yo conocía. Yo había trabajado en colegios bien organizados, mientras que la situación de estos chicos es un mundo completamente diferente donde los desafíos misionales son más grandes.

Creo que me volví más comprensivo con las historias personales de cada chico. Crecí en la atención prestada a los demás, tratando de comprender el misterio de cada persona. Me he vuelto más amplio y más humano en mis juicios, gracias a estos chicos de la calle.

Pablo Galván SVD
Hogar Arnoldo Janssen
Luanda – Angola

Entrevista: Mario Olea
Fotos: Heinz Helf svd

(Fuente: Revista “Misiones en el Mundo)