Misión es atrevernos a acercarnos para tocar y curar una herida

Les cuento que estoy compartiendo en medio de este pueblo lindo, Venezuela hoy cumple 200 años de su Independencia, un motivo de celebración y un compromiso para su futuro en un país exacerbadamente politizado con su contradicciones y ambigüedades que busca salidas.

Esta semana pasada pude acompañar a unas hermanas franciscanas que sirven a los enfermos de lepra en un hospital donde están internados, el encuentro con ellos fue muy impactante, ver sus llagas y las secuelas que la enfermedad ha dejado en sus cuerpos: manos y pies carcomidos, muñones, ojos enceguecidos, etc. y ver que muchos se alegran y conforman con poco, que son agradecidos con quienes los atienden y solidarios entre sí. También da pena la soledad, abandono y dejadez que se nota, muchos están allí hace varios años y no tienen nadie que los visite o recuerde, a no ser voluntarios que se acercan.

Estar con ellos me ayuda a ver otro lado de nuestra vida y de la condición humana, suscita muchos sentimientos y me alegra saber que hay personas compasivas que se brindan a ellos para ser reflejo de la caricia y beso de Dios a la humanidad.

También, me hizo reflexionar, una mamá indígena que me llamaba desde su ranchito cuando pasaba por la calle por donde siempre voy a un lugar donde nos reunimos con los niños para la merienda, apoyo escolar y recreación. Esta mamá me llamaba para que conociera el hijo que unos días antes había nacido y que tenía acostado en una hamaca en un cuarto donde duerme con sus otros seis hijos. Me alegró un montón porque no es muy común que nos hagan pasar a sus espacios y también por la alegría de presentarme a su hijito, su gran riqueza y la buena nueva que tenía para darme. Me hizo pensar que cada niño es una esperanza, en cierto sentido el fruto de un amor compartido y con quien se renueva las razones para vivir. Lo pienso desde este contexto cuando hay tantos jóvenes en esos barrios que se dedican al malandraje (delincuencia, drogas…) y donde mucha gente joven muere en asesinatos, arreglos de cuentas, etc… Casi cada semana en el sector tenemos un caso de alguien que muere así, ojalá reaccionemos y no nos acostumbremos que no se puede hacer nada… por ahí me subleva sentir que la gente se resigna, que las cosas no pueden ser de otra manera y queden como anestesiada ante tanto deterioro social.

Bueno, así en medio de señales de dolor, aparecen signos de vida y esperanza, las hay a cada paso y hay que tener ojos para poderlas ver. Misión es atrevernos a acercarnos para tocar y curar una herida, que si no se atiende puede crear sus “gusanitos”, como me decían los enfermos de lepra que visité, o pasar y entrar en una casita para dar la bienvenida a una nueva persona como “hermanito” en nuestra comunidad y ayudar a crear condiciones para que crezca con las mismas oportunidades de los demás y no sea la muerte temprana o violenta el destino de su existencia.

Así, cada día podemos registrar pequeñas-grandes vivencias que nos hacen romper nuestro cerrado circuito y salir de nuestra insensibilidad cuando nos encerramos en torres de marfil para acoger tanta dulzura, ternura, vida palpitante que a veces no se ve, pero que brilla cuando la podemos limpiar del carbón que lo recubre.

Quería compartirte estas cosas desde este rinconcito venezolano, donde el Señor me ha convidado a ser su testigo y darme cuenta que cuando me pongo a disposición del Espíritu, me hace ver cosas nuevas y reconocer en el pueblo el sacramento de que Dios es nuestro Padre providente.

Saludos a todos y a todas, siempre los tengo presente y cuento con su amistad porque en la misión que es de Dios todos tenemos nuestro lugar.

Sigamos unidos en la oración y en el servicio donde nos encontramos y nuestras distancias se acortan. Un abrazo grande y luminoso como el paisaje tropical de por acá.

José Luis Corral svd
Maracaibo – Venezuela