Misión y Misericordia

Vivir el Jubileo Extraordinario del Año de la Misericordia como Misioneros del Verbo Divino

090616Por Lazar Thanuzraj Stanislaus svd

Ahora la palabra misericordia se ha convertido en una palabra de moda en la Iglesia; cuando entramos en una Iglesia o incluso en una pequeña capilla, podemos ver la palabra Misericordia, o el cartel del Año de la Misericordia. Las implicaciones de este año jubilar ya están penetrando poco a poco en nuestra vida diaria.

El Papa Francisco se ha referido a Juan Pablo II diciendo que “impulsó una proclamación y un testimonio más urgente de la misericordia en el mundo contemporáneo” (MV 11). El anuncio y el testimonio son los elementos claves de la misión. Para anunciar las obras de misericordia de nuestro Padre, necesitamos la experiencia de esa misericordia. La experiencia es escuchar a los demás, ver a los demás y ser tocado por los otros. Esa experiencia pide una apertura de nuestro corazón y de nuestra mente, al Espíritu, a los compañeros con los que vivimos en una comunidad, a los laicos, a los compañeros de trabajo, a la alegría y al dolor, a la apertura a la naturaleza, su belleza y sus exigencias. La experiencia exige una reflexión sobre cómo la gracia ha penetrado en la vida de cada uno. La gracia es un don gratuito del Padre. Ser conscientes de la bendición de lo alto y de ser apreciados por esta gracia, son vitales para la vida de cada uno.

Al referirse a la misión y la misericordia, el Papa Francisco dijo que al igual que nosotros tratamos de compartir con otros los bellos momentos de nuestra vida, estamos llamados también a compartir la alegría del encuentro con Jesucristo. Esta fue la experiencia de los discípulos desde el principio. Después de conocer a Jesús, Andrés fue directamente a su hermano Pedro, y Felipe buscó a Natanael, para decirles que habían conocido a Jesús. Encontrar a Jesús es experimentar su amor, que nos transforma y nos obliga, a su vez, a compartir ese amor. Estamos llamados a ser “portadores de Cristo”. La misericordia que recibimos del Padre no se da únicamente para nuestro beneficio, sino para el bien de todos; la recepción de la misericordia nos transforma en instrumentos, en misioneros de la misericordia. Como cristianos, estamos llamados a ser misioneros del Evangelio y a compartir el Evangelio y la misericordia de Dios.

¿Cómo podemos compartir nuestras experiencias de la misericordia? ¿Cómo proclamamos la misericordia del Padre? Como misioneros tenemos muchas oportunidades para llevar a cabo esta dimensión de la misión. Debemos proclamarla desde el púlpito, pero también hay otras muchas oportunidades. ¿Cómo anunciar las obras de misericordia a los que no vienen a la Iglesia? Podríamos ir a las cafeterías, a las casas privadas, a los campos de deportes, a los lugares de reunión de los jóvenes, encontrarnos con los ancianos, en los hospitales, en las prisiones, etc., para proclaman las obras de misericordia. La pregunta es ¿Cómo podemos hacerlo? y ¿Qué método se puede utilizar para hacerlo?

La otra dimensión es ser testigos de la misericordia. El Papa Francisco señala dos aspectos: Las obras de misericordia corporales y las obras de misericordia espirituales. Ambas son importantes para la vida cristiana. “La Iglesia está llamada, sobre todo, a ser un testigo creíble de la misericordia, profesarla y de vivirla como el núcleo de la revelación de Jesucristo”. (MV 25).

Como expresión de la caridad cristiana, nos acercamos a los demás. Pero los compromisos cristianos no son sólo para los momentos de desastres y calamidades naturales. Llegar a los demás, a las personas últimas y perdidas, ha de convertirse en la cultura de la vida cristiana. La cultura de la vida debe ser inculcada en cada persona que disfruta de la propia vida y que también da alegría a la vida demás. Esta atmósfera se creará cuando todo el mundo dé ayuda durante su vida y se establezca una cultura que cree vínculos de unos con los otros en la sociedad, en especial con los pobres. Esto debe ser una forma de vida.

La gente cree en las acciones y no en las simples palabras. El dicho, “un mensajero eficaz es el que da testimonio del mensaje” se inspiró en parte en la famosa frase de Marshall McLuhan “el medio es el mensaje”. Estamos llamados a ser un medio eficaz a través de nuestra vida de testimonio. Hoy nuestra tarea es buscar la forma en que esto se podría hacer. Estamos involucrados en muchas actividades: ¿Son acciones rutinarias diarias? ¿Son estas acciones parte de nuestra vida y de la vida de las personas? ¿Cómo podemos hacer eso?

Otro testimonio podría ser la manifestación de la solidaridad, que es un signo de esperanza. Sólo que esto no debe convertirse en una expresión especial en tiempos de calamidades y destrucción, sino que sea una forma de vida. El testigo de la misericordia debe ser la “Acción de la esperanza” en contraste con la “Acción en la desesperación”. La Acción de la esperanza es el análisis social, las reflexiones sobre la esperanza y la planificación estratégica. Leonardo da Vinci dice que el hierro se oxida cuando está en desuso; el agua pierde su pureza cuando se estanca y con tiempo frío el agua se congela; por lo que la falta de acción debilita el vigor de la mente. Creemos esperanza con nuestra vida y acciones, llevemos esperanza activamente a través de nuestra acción, para que nuestra conversación, nuestras relaciones y nuestros objetivos no estén vacíos, sino que transformen la vida de las personas. Vamos a ayudar a la gente a vivir con esperanza para que se transformen a sí mismos y a los otros.

Hoy en día probablemente se podría reflexionar sobre cuáles son las formas creíbles y cuáles son las señales con las que nuestra comunidad religiosa, la comunidad de la parroquia, la comunidad de la escuela o la comunidad del trabajo, podrían mostrar el testimonio de la misericordia. Recordemos, “sin el testimonio de la misericordia, la vida se vuelve inútil y estéril, como si estuviera secuestrada en un desierto estéril”. (MV 10)

Fuente: Arnoldus Nota, junio 2016