Nuestra vida en comunidad

Celebrando el Año de la Vida Consagrada como Misioneros del Verbo Divino

P. Herbert Scholz SVD (*)

Cuando los cohermanos hablan entres si de «comunidad», en particular de la comunidad internacional o intercultural, la conversación fácilmente se torna en un compartir de experiencias negativas, o en críticas o incluso cinismo. Yo mismo he sufrido algunas decepciones tristes en las que incluyo mis propios defectos y fallas. Sin embargo, cuando hecho una mirada al pasado, a mis 60 años de vida en comunidades SVD, sobre todo en comunidades grandes, me siento agradecido porque me he enriquecido enormemente con mi experiencia en comunidades interculturales SVD.

En su «Carta apostólica a todos los consagrados con ocasión del año de la vida consagrada», el Papa Francisco se refiere a sus «frecuentes intervenciones en las que no me canso de repetir que la crítica, el chisme, la envidia, los celos, los antagonismos, son actitudes que no tienen derecho a vivir en nuestras casas». Nuestro propio Capítulo General del año 2012 menciona la tentación «a evitar el reto de enriquecerse con las experiencias interculturales, ya sea mediante la imposición de un estilo de vida uniforme o viviendo la indiferencia mutua». Los enfrentamientos abiertos son ciertamente dolorosos y desagradables. Pero me parece que es peor incluso «la indiferencia mutua». Ella es todo lo contrario de lo que resaltan nuestras Constituciones: vivir juntos; cuidar los unos de los otros; orar los unos por los otros; trabajar juntos. Lamentablemente, las advertencias del Papa o del Capítulo General no son tomadas en serio y son vistas como inútiles, por no decir que a veces son ridiculizadas, porque «al final nadie hace caso a ellas». Creo que es una cosa ser realista y consciente de que existen muchos errores en la vida de comunidad, pero otra cosa es desestimar los ideales de la vida comunitaria como irrelevantes y negarse a hacer intentos para ponerlos en práctica.

Intentar hacer vida de comunidad es un esfuerzo que vale la pena. Aquel que lo intenta ya no es un mero «consumidor» de comunidad sino un «aportador» en ella. Existe una actitud consumidora en una comunidad cuando se exigen, en voz alta, muchas cosas de ella pero al mismo se es reacio a aportar en ella. Mi experiencia personal ha sido una en la que los de bajo perfil son aquellos que más aportan en la construcción de la comunidad.

En el año de la vida consagrada, el Papa Francisco expresa la esperanza que «los religiosos hagan realidad la espiritualidad de comunión y difundan el ideal de la fraternidad en diversos niveles». José Freinademetz hizo una afirmación, sorprendente en algunos aspectos, teniendo en cuenta que vivió muchos años como un misionero itinerante, es decir solo. En la inauguración del «terciado» en Taikia en 1901, dijo: «el sello característico de un verdadero religioso no son los ejercicios de piedad ni el ascetismo, sino más bien la comunión fraternal».

Una de las actitudes que ayuda en la construcción de la comunidad y la fraternidad es el reconocimiento del otro. Hace ya más de 40 años, en Tagaytay (Filipinas), una religiosa de la Congregación Franciscanas Misioneras de María (FMM), me pidió el favor que diera un día de retiro a los que se conocen en ese país como «catequistas voluntarios». El tema que ella me sugirió –y que yo no me lo esperaba– fue: «El reconocimiento del otro». Un reconocimiento sincero del otro como persona y de lo que él hace realmente promueve un ambiente de comunidad. Esta actitud es totalmente contraria a las actitudes de indiferencia, críticas injustas, menosprecio del otro y envidia. La actitud de reconocimiento del otro comienza en la mente; luego, toma forma en una palabra de agradecimiento o una palmadita en el hombro. Pablo llega incluso a decir que todos deben «con actitud humilde […] considerar al otro como más importante que a sí mismo» (Fil 2.3).

Por supuesto, tenemos que ser realistas. Existen muchas cosas en las que uno simplemente no puede tener dicha actitud de reconocimiento. Sin embargo, la comunidad puede vivir con estas situaciones, si somos tolerantes los unos con los otros y si nos ayudamos «mutuamente a soportar las cargas» (Gal 6.2). Una vez un cohermano, con un carácter que molestaba a muchos en la comunidad, compartió conmigo que por mucho que él intentó deshacerse de dicho carácter casi nunca lo lograba. Sentí compasión al ver como sufría con su propia debilidad. Creo que las personas frecuentemente son mucho más buenas de lo que aparentan ser. Se aporta a la vida de comunidad si somos pacientes y tenemos una actitud de perdón hacia los demás. Al mismo tiempo, debemos ser realistas y humildes en lo que se refiere a nosotros mismos.

En el año 1904, Arnoldo Janssen nos dio directrices que son válidas y prácticas hasta el día de hoy, especialmente para nuestra vida y misión intercultural. «Así como Dios, desde la plenitud de su amor, se preocupa por el ser humano, aguanta sus defectos y busca transformarlos, nosotros también debemos hacer lo mismo activamente. Esta será nuestra regla de oro, ya sea cuando propaguemos la fe o en la construcción del amor fraterno».

Fuente: Arnoldus Nota, enero-febrero 2015

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(*) P. Herbert Scholz SVD, es el encargado de los archivos en el Generalato. El P. «Bubi», como se le conoce cariñosamente, fue misionero en Filipinas, trabajó principalmente en la formación; fue miembro del Consejero General y Secretario General. Él nos comparte su experiencia desde la perspectiva de alguien que ha vivido en comunidades grandes durante los últimos 60 años.