Para ser discípulos de Jesús

YO ESTOY AQUÍ (23º Domingo C –Lc 14,25-33 / Sabiduría 9,13-19 / Filemón 1,9-10.12-17)

 

El evangelio de hoy habla del discipulado y presenta las condiciones para que alguien pueda ser discípulo o discípula de Jesús. Jesús está camino de Jerusalén, donde va a morir en la Cruz. Este es el contexto en que Lucas coloca las palabras de Jesús sobre el discipulado. Primera condición renunciar a la familia. La gente que lo sigue tienen su propia familia: padres y madres, mujer e hijos, hermanos y hermanas. Son sus seres más queridos y entrañables. Pero, si no dejan a un lado los intereses familiares para colaborar con él en promover una familia humana, no basada en lazos de sangre, sino construida desde la justicia y la solidaridad fraterna, no podrán ser sus discípulos. Jesús no está pensando en deshacer los hogares eliminando el cariño y la convivencia familiar. Pero, si alguien pone por encima de todo la herencia o el bienestar familiar, no podrá ser su discípulo ni trabajar con él en el proyecto de un mundo más humano.

Segunda condición, cargar la cruz: “Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser mi discípulo”. Si uno vive evitando problemas y conflictos, si no sabe asumir riesgos y penalidades, si no está dispuesto a soportar sufrimientos por el reino de Dios y su justicia, no puede ser discípulo de Jesús.

Quien de verdad quiera ser discípulo de Cristo, ha de despojarse de todos sus bienes. Sólo así, seremos dignos de Él y encontraremos la paz y la felicidad que sólo Él puede darnos. Y nadie nos la podrá arrancar.

Hoy celebramos también la fiesta la Natividad de la Virgen María y fundación de La Congregación del Verbo Divino por Arnoldo Janssen el 8 de septiembre de 1875 en Steyl, un pequeño pueblo de Holanda, en las cercanías de la frontera con Alemania. En su homilía, dirigida a los primeros colaboradores e invitados a la ceremonia de inauguración, el Fundador expresaba:

«Una fiesta especial y en algún sentido única, es la que nos congrega en número tan considerable en torno al altar del Señor. Se trata de una obra santa, consagrada a Dios… Este comienzo tan poco aparente, insignificante, no debe desanimarnos. Incluso el árbol inmenso es al comienzo una semillita. Esperemos que el Señor aporte el resto. Que Él haga con nosotros lo que le plazca. Si de nuestra casa algo resulta, se lo agradeceremos a la gracia divina; si nada resulta, nos golpearemos humildemente el pecho reconociendo: ¡No fuimos dignos de la gracia!».

Verónica Aban
Parroquia San Francisco Solano, Alto Comedero-Jujuy