¿Qué tipo de Mesías esperamos hoy?

YO ESTOY AQUÍ (24º Domingo B, Mc 8,27-35)

Por Víctor Diego García

En el Evangelio de hoy vemos a Jesús que camina con sus discípulos por una región fronteriza, habitada por paganos y que tiene como capital a Cesarea de Filipo, al norte de Jerusalén. Es en este escenario en donde Jesús aprovecha el estar junto a sus discípulos, que seguro es un momento íntimo entre ellos.

Y Jesús pregunta ¿y quién dice la gente que soy yo? Pero a Jesús no le interesa saber qué piensa de él la multitud, sin embargo, quiere conocer qué piensan sus discípulos de él. Los que están más cerca, los que dicen que son sus amigo, quiere llegar, quiere tocar el corazón de los discípulos.

Y pregunta: ustedes ¿Quién dicen que soy yo? Pedro responde que él es el Mesías, el que va a salvar a Israel de sus opresores, pero él tiene una imagen distinta de Mesías. Los judíos esperaban un Mesías poderoso, con un ejército para aplastar a sus enemigos. Pero Jesús es todo lo contrario, no viene a imponer o a destruir, sino que viene a mostrarnos la misericordia de Dios.

Pero como ayer, nosotros podemos también tener una imagen distinta del Mesías. Por lo que debemos también preguntarnos ¿quién es Jesús para mí? Para algunos es mi hermano, mi todo, la buena onda, y respondemos desde lo aprendido, que es el hijo de Dios, el Salvador del mundo, nuestro salvador. Pero ¿qué tipo de Mesías esperamos hoy? Donde es difícil distinguir la voz de Dios entre las voces del mundo. ¿Cómo distinguir a Dios entre otras imágenes, entre otros que se hacen llamar mesías? Y La respuesta la vamos a encontrar en nuestro corazón, cuando la paz nos inunde y no haya lugar para el orgullo, el individualismo, la conformidad.

Por eso, descubrir al verdadero Mesías es un acto de fe que va acompañada por la revelación de parte de Dios y de la repuesta que el hombre puede dar a dicha revelación. Es comenzar a hacer la voluntad de Dios y no la nuestra, como nos muestra el Evangelio en la actitud de Pedro, al querer apartar a Jesús de su misión, pensando que eso es lo mejor para Jesús.

Se transforma en obstáculo para que otros encuentren la salvación a través de Jesús. Tal vez nosotros también nos hemos transformado en obstáculos de nuestros hermanos para que ellos se encuentren con el Mesías.

Sólo desde la experiencia del encuentro personal con Cristo, podremos reconocerlo y no sólo reconocerlo, sino sentirnos ungidos en Cristo, sólo así se entiende el camino de discipulado y misionero, a tal punto de renunciar y dejarlo todo por Dios.

Por eso debemos reflexionar sobre nuestra vida cristiana. Todos queremos que alguien nos salve, pero no queremos renunciar a lo que nos aprisiona, queremos todo de Dios, pero no queremos dar nada. Pidamos al Espíritu Santo que nos de fuerza para seguir a Jesús, que tengamos la gracia de estar siempre al servicio de los demás.

Víctor Diego García
Parroquia San Cayetano Palpalá – Jujuy