Ser astutos para el bien

YO ESTOY AQUÍ (25º Domingo C – Lucas 16,1-13 / Amós 8,4-7 / 1Timoteo 2,1-8)

El Evangelio de Lucas nos acerca el relato de Jesús que contaba a sus discípulos que había un hombre rico que delegó la administración de sus bienes en otra persona, en un empleado. Este, sin embargo, no obró bien, y sacó sus propias ganancias a costa del dinero de su jefe.

Este comportamiento llegó a oídos del patrón, quien lo mandó a llamar para que rinda cuentas y luego quitarle definitivamente el puesto. Al ver el administrador que se le venía la noche, empezó a pensar alternativas para salir adelante frente a la inevitable situación de quedarse sin trabajo. Jesús cuenta que no trabajar, pedir limosna le convencieron, sino que optó por hacer lo que venía haciendo, y que hasta ese momento le había salido bien: hacer negocios con el dinero de su patrón. Entonces fue a visitar uno por unos a los deudores de su patrón, y le daba un recibo por un monto inferior al adeudado.

Y la historia termina ahí. No sabemos qué fue de este administrador. Lo que sí sabemos es que “Jesús alabó al administrador injusto porque había obrado astutamente, pues los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz”.

Después de la lectura, quiero compartir con ustedes una pequeña reflexión personal. En primer lugar, quisiera detenerme en la mirada de Jesús. Porque tengo que reconocer que la cita “Jesús alabó al administrador injusto” hizo mucho ruido en mi interior, hasta que la volví a leer, y ahí entendí. Como nos pasa en la vida, andamos distraídos, y nos perdemos los detalles, precisamente aquellos que son los más importantes. Porque Jesús no estaba contento con el modo de ser de este administrador, sino en cuanto a la astucia que tuvo para salirse con las suyas (o al menos intentarlo). Esto me hizo pensar en cuántas veces somos incapaces de ver el lado bueno, lo positivo de las personas, cómo nos cuesta reconocerlo, cuando parece que el lado negativo, sus marcas, esas que todos tenemos, parecen que tienen el poder de ocupar todo el lugar. Primera enseñanza para mí: descubrir el bien en las personas.

Lo segundo en lo que quiero detenerme, es en las palabras de Jesús: “los hijos de este mundo son más astutos con los de su generación que los hijos de la luz”. Muchas veces escuché la frase “los hijos de este mundo”, y me pregunto ¿acaso no vivo yo en el mundo? ¿Cuál es la escuela de los hijos del mundo? Porque en primer lugar, tengo que asumir que vivo en el mundo pero que estoy llamado a vivir según el proyecto de Jesús. Entonces, sin buscarla, la pregunta que me había hecho anteriormente encuentra respuesta. La escuela de los hijos de este mundo es el mundo mismo, es la calle que camino, el trabajo, la familia, los afectos, las modas, nada que nos sea ajenos a quienes nos llamamos hijos de la luz, pero quizás nuestra dificultad radica en esto que remarca Jesús: el estar despiertos, el ser astutos, el “poner todo en la cancha” y no de acuerdo a tal o cual situación. Porque bien que sabemos sacar provechos de cientos y cientos de situaciones: para quedar bien, para ser reconocidos, para mejorar nuestro nivel económico, para “darnos un gusto”, y así en cuantas situaciones más no nos falta astucia. Lo que sí quizás me tengo que replantear, es no poner el mismo empeño, las mismas energías cuando de anunciar y hacer presente el Reino se trata.

Siento que en este fin de semana Jesús me invita a ser íntegra, a poner todos mis sentidos a la Escucha de la realidad que me habla, a ser astuta en poner todas mis habilidades que uso para obtener sólo un propósito personal pero teniendo como motor el afán de poder construir espacios de vida, donde se respire compromiso social, justicia, equidad, donde ya no se hable de grietas, sino de comunión, de fraternidad, empezando por casa, la familia, el trabajo, el barrio, y sin dejar fuera nuestra comunidad de fe.

Siento que Jesús quiere que dejemos de creernos diferentes para que seamos diferentes, que no nos “elevemos de este mundo”, sino que seamos ciudadanos de este mundo y que no transcurra nuestra vida como simples turistas. Que pongamos “todo en el asador”, nuestras capacidades sociales, afectivas, profesionales, y también nuestras debilidades.

Es hora de asumir que el fin justifica los medios, siempre y cuando ninguno de esos medios atente contra el fin en sí, es decir, que ninguno de esos medios entorpezca el hecho de seguir haciendo presente el Reino, aquí y ahora.

Gabriela Haberkorn
Parroquia San José, Crespo-Entre Ríos