Ser compasivos frente al sufrimiento

YO ESTOY AQUÍ (10º Domingo C – Lc 7,11-17)

030616Por Ian Nercua svd

Para Reflexionar este evangelio, podemos recordar nuestras experiencias propias en las situaciones de vida sin defensa, sin sustento, sin esperanza, sin salida y sin alegría. Tomamos por ejemplo cuando perdemos a alguien por una enfermedad o muerte, siempre nos duele. Eso nos muestra que toda muerte impacta, pero en el evangelio de hoy se trata de la muerte de un joven que es el único hijo, y la madre es viuda. Tal experiencia le resulta más dolorosa. En una sociedad como aquella, eso significa que en esa mujer se juntaban todas las pérdidas y desastres de su vida: se sentía sin futuro, sin sustento, sin esperanza, sin alegría, sin salida, una vida vacía.

Las lecturas de este domingo nos relatan la historia de dos viudas, cuyos hijos únicos han fallecido, y Dios se los devuelve a la vida. Es la imagen del Dios bueno que siempre visita al pueblo para el bien. La visita de Dios a su pueblo es un tema que aparece con cierta frecuencia en las Sagradas Escrituras, es una visita de compasión, consuelo y salvación. Por eso siempre y para siempre Jesús se compadece de nosotros. Sin Cristo la humanidad se vuelve como esa mujer: viviendo en una vida vacía, sin esperanza e indefensa. Por eso, la Iglesia nos enseña que la presencia de Jesús entre nosotros es una visita de Dios a los hombres, y en Él encontramos la misericordia y el poder de Dios que puede salvarnos, puede darnos motivos para vivir, puede ayudarnos a encontrar el sentido de nuestras vidas. La venida de Cristo es un gesto del amor de Dios a la humanidad, y viene para solucionar o por lo menos aliviar el problema del dolor humano, y hasta poner un término al dominio de la muerte.

Ahora, ¿cuál es el desafío del evangelio para cada uno de nosotros? Aprendamos lo que Jesús hizo a esa mujer. Jesús no discute con el dolor de ella, ni la corrige con la teología, sino con un acto de ternura y de poder. A veces la mejor respuesta no es una teoría, sino un acto, un gesto concreto de presencia. La acción de Cristo compadeciéndose de los que lloran y curando las heridas y enfermedades de los hombres, nos hace caer en la cuenta de que no debemos permanecer indiferentes ante el dolor de los demás, pensando que nuestro Dios los cuidará solo.

El desafío es que podamos mostrar estos mismos gestos de Jesús, para compartir con los más necesitados. La compasión de Jesús no debe quedar en el pasado, en nuestros gestos y palabras mostramos que el Señor va a quitar el dolor de todos. Por nuestra acción como cristianos en el mundo, tenemos que llegar a percibir que Dios ha visitado a su pueblo en nuestras simples obras y maneras de compartir. Para que el consuelo de Dios, llegue a los hombres que se están sintiendo sin futuro, sin sustento, sin esperanza, sin alegría, sin salida. Así, mostramos al mundo que Dios ha visitado a su pueblo.

P. Ian Nercua svd
Parroquia San Cayetano, Palpalá – Jujuy