«Somos migrantes de Venezuela, pedimos ayuda»

Vivencia con migrantes venezolanos en la comunidad

Fue el viernes 31 de mayo al mediodía, hacía mucho frío, de 5 a 4 grados, yo estaba volviendo a la comunidad desde el Centro de Estudios de Filosofía y Teología (CEFyT), que queda a unos 12 kilómetros aproximadamente. Mientras estaba viajando en colectivo, vi junto al semáforo cerca de la terminal de ómnibus de Córdoba, a una familia que estaba parada rodeada de maletas grandes, con un cartel que decía: “Somos migrantes de Venezuela, pedimos ayuda”. Eran cuatro personas, y con ellos había una nena de cuatro años que estaba dormida sobre la maleta y sin suficiente abrigo. Esta escena me llamó la atención y me venía a la mente el evangelio del buen samaritano y en menos de un minuto me hice muchas preguntas como seguidor de Jesús.

Consciente de todo el privilegio que tengo, de las seguridades del hogar, esta escena no me dejó seguir viajando tranquilo a la comunidad. En la siguiente parada me bajé y fui donde estaban para hablar con ellos, pero antes de llegar, intenté comunicarme con una hermana coordinadora de la pastoral de los migrantes, pero no me contestó, y pensé, ¿qué hago?

Al encontrarme con ellos, me hablaron de que estaban de paso por Córdoba para luego ir a Chile, donde tienen conocidos que les habían prometido trabajo y dentro de tres días se iban a ir. Al escuchar todo eso y ver el cansancio en sus caras, llamé al Padre Kornelius, nuestro formador, le expliqué la situación y le pregunté si había posibilidad de dar alojamiento en nuestra casa antes que ellos viajaran a Chile. Gracias a Dios, después de consultar a la comunidad, se decidió abrir la puerta de nuestra casa para los cuatro migrantes venezolanos.

La primera noche en que estaban en la casa, me emocioné cuando escuché a la nena de cuatro años que hizo la oración de bendición de la comida, agradecía por la comida, pidió por los que están muriendo de hambre y por la seguridad de sus parientes que quedaron en Venezuela, y por la caída del régimen de Maduro, así puedan volver a su país algún día. Nunca experimenté en mi vida que una nena tan chiquita rezara de tal manera.

El domingo por la tarde fuimos juntos a la misa, y en el camino ella decía a sus padres que quería escuchar la palabra de Dios, y escuchándola me decía a mí mismo, yo como misionero del Verbo Divino tengo que ser como esta niña, y creo que a través de ella Dios quiso decirme que hay que tener siempre sed de la Palabra de Dios. Durante la consagración, cuando el sacerdote elevó el santísimo sacramento, ella rezó por su salud y por la seguridad de todos los venezolanos. Me sorprendió mucho y vi la importancia de hacer la oración en sintonía con las realidades que me rodean, una oración encarnada y no solamente recitar textos armados.

La vivencia con esa familia, nos ayudó como comunidad a estar atentos y brindarles el servicio lo mejor que pudimos. Viendo esto, ellos trataban de expresar su agradecimiento con gestos sencillos, cocinar su comida típica (arepa) y ayudar a limpiar la casa. Fueron muy respetuosos en nuestros espacios y al ritmo de nuestra casa. Esto me ayuda a ver mi comportamiento y actitud cuando me encuentro en otra comunidad verbita o en la casa de familia.

Esta experiencia nos hizo ver que somos migrantes en esta tierra argentina, valorar todo lo que tenemos como fruto de generosidad de muchas personas, y nos invita a ser generosos y a compartir con los que menos tienen.

Como persona, la vivencia con los venezolanos me ayudó a comprender las dificultades que experimentan los migrantes. Un día me contaron que pasaban una noche de mucho frío en la calle con la nena, caminaban tantos kilómetros sin saber a dónde iban y viajaban en camiones de cargas de combustibles y a veces estaban en un lugar de mucha inseguridad, rodeados de gente peligrosa. Fueron realidades fuertes en que se encontraban por culpa de la mala política en su país. Hay muchas personas que sufren de la misma manera y como misioneros y seguidores de Jesús, podemos hacer algo donde estamos y no solamente dejar la responsabilidad a las instituciones.

Nuestro llamado es estar al servicio de las personas que se encuentran en situaciones difíciles, dar esperanza a las que no la tienen para que puedan seguir luchando y vivir construyendo un mundo mejor para todos.

El agradecimiento de esa familia y sus caras alegres al despedirse de nuestra casa de formación, después de una semana de su estadía, fueron símbolos de que hemos podido brindar un pequeño testimonio a la luz de la palabra de Jesús: “cuando estaba de paso, me alojaron…” (Mt 25,35). Ellos llevarán a Chile su experiencia de estar en una casa religiosa y darán su testimonio donde la imagen de la iglesia y de la vida religiosa están desdibujadas por los escándalos.

Agradecemos a Dios por la oportunidad de haber tenido esta maravillosa experiencia de encuentro, de fraternidad, de servicio, de aprendizaje y de compartir con los migrantes en nuestra comunidad. Y seguimos rezando por todos los migrantes, para que Dios los siga protegiendo y acompañando en su búsqueda de una vida mejor, y les dé la fortaleza en las dificultades que se encuentran en su vida cotidiana.

Emmanuel Kimario Beda
Estudiante SVD