Todo Concilio en la Iglesia es también una metanoia de la Comunidad Cristiana

“Todo Concilio en la Iglesia es también una metanoia de la Comunidad Cristiana” (1)

Luis O. Liberti svd

A partir del título que lleva un texto escrito por Mons. Enrique Angelelli (Obispo de La Rioja 1968-1976), en el que hace un llamado a la conversión de toda la comunidad eclesial bajo el prisma del Concilio Vaticano II, me permito unas breves reflexiones. También quieren aportar sucintamente a otras que emergerán en el Sínodo de los Obispos sobre La nueva evangelización en la transmisión de la fe (octubre 2012).

No pretendo ser exhaustivo ni en las preguntas ni en las respuestas que propongo. Intento motivar la reflexión comunitaria frente al Cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II (11 de octubre de 1962), al comienzo del Año de la Fe (11 de octubre de 2012 al 24 de noviembre de 2013), al Mes Misional que estamos transitando, un nuevo aniversario de la llegada de la SVD a Argentina (23 de octubre de 1889) y la celebración de los Santos Arnoldo Janssen y José Freinademetz (5 de octubre).

¿Ha concluido el Concilio?

A cinco décadas del inicio de las sesiones deliberativas del Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965), sigue resonando la invitación del beato Juan Pablo II a realizar un “examen de conciencia (que) debe mirar también la recepción del Concilio, este gran don del Espíritu a la Iglesia al final del segundo milenio” TMA 36. Asimismo el Papa subraya: “Después de concluir el jubileo siento más que nunca el deber de indicar ver en el Concilio, la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza” NMI 57.

Estas expresiones las retomará Benedicto XVI al decir: “He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia” (PF 5).

El Concilio Ecuménico Vaticano II es el acontecimiento eclesial más significativo del siglo pasado (2). Igualmente, recordamos que en la Iglesia Latinoamericana, los Documentos Finales de Medellín (1968), constituyen la interpretación (y no una mera aplicación), del Concilio para este subcontinente. La importancia de estos dos eventos eclesiales radica (entre otros motivos), en su estatura eminentemente pastoral, ya que en ellos resuenan las palabras de Cristo, los problemas del mundo, las angustias y las esperanzas de la humanidad; “elementos cuya convergencia integra efectivamente el terreno de toda pastoral”. (3)

La pastoralidad asumida por el Concilio Vaticano II, “se convirtió en el primer criterio de la verdad que había que formular y promulgar, y no solamente en el motivo de las decisiones prácticas que había que tomar. En una palabra, pastoral califica a una teología, a una manera de pensar la teología y de enseñar la fe. Mejor dicho: a una determinada visión de la economía de la salvación”. (4)

La eficacia histórica del Concilio Vaticano II no se restringe únicamente a los textos escritos, sino también a su acogida e interpretación en las diversas Iglesias Particulares. La receptio, es decir, la recepción, aplicación e interpretación, es algo dinámico, es la acción del Espíritu de Dios, encarnando en los rasgos culturales y en los signos de los tiempos de las comunidades eclesiales, la letra del Concilio, enriqueciendo así el sentido original de los textos.

Reflexionar la receptio del Concilio, “indica el proceso por el que el pueblo de Dios va haciendo suyas las directrices, orientaciones y normativas salidas del aula conciliar. Ahora bien, esta apropiación depende de la interpretación, es decir, de una idea fundamental que dé coherencia a la doctrina conciliar y permita explicar la intencionalidad plasmada en los diversos documentos”. (5)

Dado que el Concilio (a modo de síntesis) tuvo como horizonte y dinámica el aggiornamento pastoral, “que da razón de la innovación y de la continuidad del único sujeto eclesial que avanza conforme a la dinámica de la fidelidad a través del tiempo en la etapa preconciliar y postconciliar. La Iglesia debe reformarse sin cesar para seguir siendo la Iglesia de Jesucristo” (6). Sin caer en simplismos o condicionamientos, hay que reconocer un “antes” y un “después”, lo cual no se identifica con un comienzo absoluto; sí con un comienzo diferente, particularmente, por el modo novedoso de vincularse al mundo y la sociedad, desde una orientación netamente de apertura y de diálogo misionero, que le confiere al Concilio Vaticano II un espacio significativo en la historia de los anteriores concilios ecuménicos.

¿Asumimos el servicio como estilo transmisor de la fe?

La imagen de una Iglesia servidora (y no “señora”) se fue construyendo a lo largo del Concilio. Luego la “dogmatizaría” Pablo VI en su mensaje con motivo de la clausura del Concilio, el 7 de diciembre de 1965 en la Basílica Vaticana: “Aun hay otra cosa que juzgamos digna de consideración: toda esta riqueza doctrinal tiene una única finalidad: servir al hombre en todas las circunstancias de su vida, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades. La Iglesia se ha declarado en cierto modo la sirvienta de la humanidad, precisamente en un momento en el que su magisterio y gobierno pastoral, por las solemnes celebraciones del Concilio Ecuménico, han adquirido mayor esplendor y vigor, más aún, el propósito de practicar el servicio ha ocupado realmente un lugar central”. (7)

El servicio eclesial al mundo y a la humanidad reinterpretado en el Concilio Vaticano II se inspiran en el “sacramento” del lavatorio de los pies de Jesús a sus discípulos (cf. Jn 13, 2-20). Desde diversas circunstancias y con distintos destinatarios el servicio incluye a los pastores, los laicos y a las diversas formas de vida consagrada, para convertirse en discípulos-misioneros del modelo joánico de Jesús en la última cena (cf. Jn 13,2-20). El Concilio alienta al servicio desde abajo, al modo del Cristo anonadado y humillado (cf. Flp 2,5-11).

No es un servicio de quienes saben o pueden, sino de los que, atendiendo a los signos de los tiempos y a las semillas sembradas por el Verbo en el corazón de los hombres y su cultura, se convierten en testigos de la obra que el mismo Dios ha confeccionado a su imagen y semejanza en el pueblo.

Para responde las preguntas que los cardenales Suenens y Montini propusieron en el aula conciliar al final de la primera sesión de 1962: ¿Iglesia quién eres? E ¿Iglesia, cuál es tu misión?, los Padres conciliares tuvieron que hacer una metanoia, una conversión: reconocerse servidores. Algo aún inacabado e incompleto. Reconocerse como Iglesia servidora y aún sirvienta de la humanidad, es una actitud que identifica el ser y hacer de la Iglesia.

La vida y la misión de la Iglesia se funden y confunden en el servicio. Este es su estilo evangelizador. De allí que todo servicio que emprendamos eclesialmente en bien del hombre es símil del amor que Dios profesa por cada hombre y criatura. El servicio que tiende a experimentar el amor a Dios, es promotor de humanización integral, pues –como lo expresan los Padres de la Iglesia-: “la gloria de Dios es que el hombre viva”.

¿Fe e historia, dicotomía o sintonía?

También la variedad documental del Concilio inspiró un nuevo horizonte misionero, alejado de las fronteras geográficas y cercano a los cambios socioculturales para asumir nuevos los desafíos misioneros discernidos a la luz de los signos de los tiempos. Así alentó a que la comunidad eclesial afrontara con creatividad y lucidez las necesidades y desafíos misioneros saliendo al encuentro de los “otros” (buscadores de Dios o de la fe, creyentes de otras confesiones, los pobres y marginados, los que viven una cultura secularizada, los indiferentes,…) en diversos contextos históricos-culturales.

Especialmente la letra y el espíritu del Concilio suscitaron a que las Iglesias Particulares asuman proféticamente las diversas situaciones y ambientes que requerían la conversión o la construcción o la renovación de una nueva humanidad, que es la escatología en su plenitud. Desde esta perspectiva, las diversas formas de vida cristiana (ministerio ordenado, laicado y vida consagrada) tienen que convertirse en una presencia misionera con incidencia histórica, en los acontecimientos sociales, económicos, culturales y políticos, para iluminarlos y transformarlos con la fuerza del Evangelio.

El Concilio recuerda que la Iglesia, sin eximirse de la misión propia, contribuye al progreso de la nueva humanidad por medio de sus miembros y de quienes se dejan inspirar en su enseñanza (cf. GS 42; cf. LG 13; GS 3-4. 12 .40-41. 44. 48. 76; CD 13; AA 5. 7; GE Introducción. 3).

El compromiso con el “hoy” de la historia, desde la eclesiología conciliar, invita a superar mental y prácticamente todo “eclesiocentrismo”. La Iglesia sólo existe y se expresa en cuanto vinculada con el mundo, con la humanidad y con la historia. Aflora una relación constitutiva y no meramente consecutiva. No existe anteriormente la Iglesia para relacionarse con la humanidad y la historia, sino que la Iglesia se constituye en esa vinculación. Pero la Iglesia no está vinculada al mundo desde cualquier manera, sino en tanto que Ella hace referencia al reinado de Dios. Reino de justicia y fraternidad universal al que Dios quiere convertir el mundo y sus habitantes.

En palabras del recordado Pablo VI: “para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación” EN 19.

¿Por qué la conversión es inacabada?

Puede servirnos las consideraciones que ofreciera Juan Pablo II en su carta apostólica Tertio Millennio Adveniente (1994), un escrito redactado con vistas a la preparación del Jubileo del año 2000: “En este sentido se puede afirmar que el Concilio Vaticano II constituye un acontecimiento providencial, gracias al cual la Iglesia ha iniciado la preparación próxima del Jubileo del segundo milenio. Se trata de un Concilio semejante a los anteriores, aunque muy diferente; un Concilio centrado en el misterio de Cristo y de su Iglesia, y al mismo tiempo abierto al mundo. Esta apertura ha sido la respuesta evangélica a la reciente evolución del mundo con las desconcertantes experiencias del siglo XX, atormentado por una primera y una segunda guerra mundial, por la experiencia de los campos de concentración y por horrendas matanzas. Lo sucedido muestra sobre todo que el mundo tiene necesidad de purificación, tiene necesidad de conversión.

Se piensa con frecuencia que el Concilio Vaticano II marca una época nueva en la vida de la Iglesia. Esto es verdad, pero a la vez es difícil no ver cómo la Asamblea conciliar ha tomado mucho de las experiencias y de las reflexiones del período precedente, especialmente del pensamiento de Pío XII. En la historia de la Iglesia, « lo viejo » y « lo nuevo » están siempre profundamente relacionados entre sí. Lo « nuevo » brota de lo « viejo » y lo « viejo » encuentra en lo « nuevo » una expresión más plena. Así ha sido para el Concilio Vaticano II y para la actividad de los Pontífices relacionados con la Asamblea conciliar, comenzando por Juan XXIII, siguiendo con Pablo VI y Juan Pablo I, hasta el Papa actual.

Lo que ellos han realizado durante y después del Concilio, tanto el magisterio como la actividad de cada uno, han aportado ciertamente una significativa ayuda a la preparación de la nueva primavera de vida cristiana que deberá manifestar el Gran Jubileo, si los cristianos son dóciles a la acción del Espíritu Santo (TMA 18).

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NOTAS
(1) Cf. ENRIQUE ANGELELLI, “Reflexionando mientras concluye el Concilio”, sin más datos. El escrito está tipiado a máquina de escribir, y en hojas tamaño oficio, con constantes correcciones manuales. Tiene un total de seis carillas. Pudo ser redactado al finalizar las sesiones del Concilio Vaticano II en diciembre de 1965.
(2) Cf. (entre otros) LUCIO GERA, “Concilio Ecuménico Vaticano II”, Proyecto 36 (2000) 303-317.
(3) MARIE DOMINIQUE CHENU, Un concilio pastoral, Estela, Barcelona, 1966, 633.
(4) Ibidem. El destacado pertenece al texto. Cf. EVANGELISTA VILLANOVA, Para comprender la teología, Verbo Divino, Estella-Navarra, 1992, 77-83.
(5) SANTIAGO MADRIGAL, Unas lecciones sobre el Vaticano II y su legado, San Pablo-Comillas, Madrid, 2012, 136.
(6) Ibidem.
(7) CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constituciones, Decretos y Declaraciones. Apéndices., Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1993, 1179.