Un “misionero de retaguardia”

P. Niels Johansen SVD

El P. Niels Johansen ha nacido en Dinamarca, pero cuando era niño la familia se trasladó a Argentina, provincia de Misiones. En nuestro país recorrió el camino de educación y formación, ingresando en le Congregación del Verbo Divino en su adolescencia. Después de estudiar en Córdoba y Buenos Aires, de una experiencia en Tostado (Santa Fe), ya ordenado sacerdote su destino misional ha sido Brasil, pero no pudo radicarse allí por lo cual retornó a la Provincia, entonces Argentina Norete, en la cual trabajó especialmente en Jujuy, y después de la preparación específica en Comunicación, en 1998 fue llamado a prestar este servicio en el Generalato (Roma), por espacio de diez años.

Esta experiencia-testimonio, nos comparte mientras se reintegra a Argentina Sur, desde la parroquia de Pigüé.

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En 1998 pasé a ser lo que yo llamo un “misionero de retaguardia”. Los superiores me llamaron a la dirección general de la Congregación en Roma, a ocuparme de la coordinación de la comunicación. Un trabajo de oficina, en constante comunicación con otros verbitas en todo el mundo a través del correo normal y electrónico, pero poquísimo contacto real con gente que uno veía en carne y hueso… a no ser los otros verbitas de la casa central.

¿Cómo seguir siendo misionero en ese tipo de situación? Intenté responder a esa pregunta diciéndome que sí, que se podía. Con la condición de que mi trabajo ayudara a otros cohermanos, más cercanos a la gente, a ser mejores misioneros. Y, para tener contacto con la gente por lo menos una vez por semana, me busqué un servicio pastoral en una parroquia italiana. Esa fue mi pista de aterrizaje, y allí me encontré con la primera sorpresa: esa comunidad me devolvió la esperanza de que la Iglesia aún tiene futuro en Europa. En una estadía anterior, durante la cual pasé por varios países del “viejo continente”, había tenido una pésima impresión. Me había encontrado con comunidades pequeñas, en su mayoría de ancianos y con una presencia escasa o nula de jóvenes. Y ahora de repente me encontraba con una comunidad viva, con gente de todas las edades, incluyendo niños, jóvenes y matrimonios jóvenes, pero también gente de mediana edad y ancianos. ¿Cuál era la diferencia? Creo que sacerdotes muy activos y muy creativos, capaces de organizar grupos y actividades que atrajeran a la gente, y de contagiar la alegría de su fe.

La de “Santa María de Bonaria” (sí, paradójicamente “Santa María de los Buenos Aires”, una advocación típica de Cerdeña), es también una parroquia abierta a la misión. A lo largo de estos años, la parroquia fue dando alojamiento y ayuda a sacerdotes de diócesis de escasos recursos de diferentes países: de la India, de México, de la República Democrática del Congo, Irak… Estos sacerdotes, que habían sido enviados a Roma para estudiar en alguna de las varias universidades pontificias que existen en la ciudad, se alojaban en la parroquia y recibían casa, comida y algún dinero de bolsillo a cambio de su ayuda pastoral. Creo que esta situación ayudó a dar una perspectiva más real a la parroquia, como parte de una iglesia no sólo local, sino inserta en el mundo y hermanada con las iglesias de otros países.

Y no se trató de relaciones abstractas o distantes, ni de la aceptación del diferente porque no quedaba otra. Una vez fui a la defensa de la tesis doctoral de uno de esos sacerdotes extranjeros, un congoleño, y me sorprendió encontrar allí a por lo menos una treintena de personas de la comunidad parroquial. No creo que fuera porque les interesara o entendieran demasiado de los contenidos de la tesis doctoral. Su presencia en esa situación se debía más bien a la amistad que se había ido creando entre la gente y ese sacerdote. Y sé que desde que él volvió al Congo, ese país ya no es lo mismo para la gente: tiene un rostro, un nombre y les importa lo que allí ocurra, porque allí tienen un amigo.

Si me preguntaran qué me dio mi tiempo de “servicio misionero de retaguardia” en Roma, diría que una visión mucho más amplia que antes, tanto del mundo como de la Congregación… Pero también me dio cierta sensación de tristeza, porque tengo la impresión de que, mientras en otras partes del mundo crece el entusiasmo misionero, la Argentina (y la América Latina) de la que vengo, se cierra cada vez más sobre si misma. Y no me refiero sólo a la Iglesia, sino a la sociedad en general. Basta ver los diarios”, ¿cuántas noticias del exterior aparecen en una edición diaria típica? Unas siete o tal vez ocho, y prácticamente todas del norte del mundo: Europa, Estados Unidos… ¿Qué pasa en África, en Asia o en Oceanía? Salvo cuando sufren un terremoto o un tsunami, pareciera que no existen. Ni siquiera cuando ocurren catástrofes naturales más “normales” como inundaciones, sequías o sufren el hambre.

Mientras languidecen las vocaciones en el continente donde viven la mitad de los cristianos del mundo entero (América), nos vemos obligados a llamar para que nos atiendan pastoralmente a misioneros del Asia, un continente inmenso donde vive más de la mitad de la población mundial y donde apenas el dos o el tres por ciento de la población ha oído siquiera hablar de Jesucristo, Y cuando vienen, tengo la impresión de que nos interesamos poco por la realidad de sus países y por sus culturas, más allá de preguntarles qué comen y cuántos hermanos tienen.

Claro, me dirán, pero después de la reunión de los obispos latinoamericanas en Aparecida (Brasil), la Iglesia de América Latina está toda volcada hacia la “Misión Continental”. Y es cierto. Pero ¿y la misión universal? Tal vez esté sintiendo los efectos de lo que se llama el “choque cultural” que no afecta sólo al misionero cuando va a tierras extrañas, sino también a los que volvemos a casa. Y sin embargo, creo que los cristianos de nuestro continente americano necesitamos levantar la mirada y darnos cuenta de que hay un mundo allá afuera. Para muchos de nosotros esos países ya no son anónimos: ya tienen el rostro de un hermano o hermana de allí, que ha estado entre nosotros como misionero o misionera. Tenemos una deuda para con ellos. Tal vez podríamos aprender una lección de la parroquia de “Santa María de Bonaria”…

Niels Berthel Johansen, SVD

(Fuente: “Misiones en el Mundo” Nº 81)